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Mensaje del Rector ante los sismos

 

 

 

 

UNIVERSIDAD PONTIFICIA DE MÉXICO·VIERNES, 22 DE SEPTIEMBRE DE 2017

 
La Universidad Pontificia de México, como comunidad universitaria católica, Institución del episcopado mexicano, comparte el dolor y la preocupación de muchos conciudadanos, no solo de la Ciudad de México, sido de otras poblaciones de Oaxaca, Chiapas, Morelos y Puebla, que sufren las consecuencias por los sismos del 7 y del 19 de septiembre de este 2017.
Nos duele especialmente el drama de la muerte que se vive en muchas familias por la pérdida de algún ser querido, siendo mucho más sensible la muerte de los niños y los más jóvenes, añadiendo a esto también la pérdida de muchos bienes materiales y patrimonios.
Los fenómenos naturales nos hacen conscientes de la fragilidad de nuestra condición humana, pero también son ocasión para recordar que todos necesitamos unos de otros. Volvemos a encontrarnos con sentimientos humanos fundamentales de solidaridad, generosidad y fraternidad. En medio de la tragedia descubrimos que podemos construir un mundo menos violento y más solidario, donde el bien es posible, donde el compromiso con los otros, especialmente los más necesitados, nos hace mejores hombres y mujeres.
Como creyentes, queremos compartir con todos, la fortaleza que nos da nuestra fe en Jesucristo, quien participó de todos nuestros dolores desde la Cruz, para darnos horizontes siempre nuevos de esperanza con su Resurrección. Como hermanos en la fe tenemos en María de Guadalupe una intercesora amorosa que nos acompaña animando nuestro camino y que nos dice con mucha delicadeza: ¿Por qué te angustias, porqué tienes miedo, no estoy yo aquí que soy tu madre?, palabras que estamos comprometidos a convertir en acciones concretas diciendo a quien más lo necesita, sobre todo en momentos decisivos de la vida: ¿porqué te angustias, porqué tienes miedo, no estoy yo aquí que soy tu hermano?
Como comunidad universitaria deseamos que en medio de la tragedia reencontremos juntos un sentido más pleno de la vida en la solidaridad con los otros y en la mirada y la confianza hacia el Dios de la vida y la misericordia.
Nos unimos a la pena de quienes perdieron amigos o familiares, expresamos nuestro más sentido pésame a ellos y a las instituciones que se vieron afectadas, sobre todo las escuelas, en particular con los niños que han vivido momentos de angustia, dolor, o que ya están en la presencia de Dios. Nos unimos fraternalmente a los hermanos de las diócesis que pasan por un este momento de agonía, y que sepan que les acogemos y servimos con nuestro cariño, oración y bendición.
Pbro. Dr. Mario Ángel Flores Ramos,
Rector Universidad Pontificia de México
 
La fe cristiana ante el dolor humano
Delante de las circunstancias que provocan el dolor humano nos asalta el cuestionamiento angustioso del ¿por qué? ¿Quién permite eso? ¿Será Dios quien juega con el temor del hombre o lo castiga para definir su destino?
Está claro que nadie invoca el sufrimiento ni está del todo preparado para afrontarlo sorpresivamente, está claro, además, que la conciencia del individuo se perturba ante el infortunio y busca justa o injustamente una salida, un responsable, una satisfacción de la pena.
El ser creado es limitado, el hombre tiene delante de sí la vida y la muerte porque su naturaleza es precaria, el conocimiento de esa limitación es imperceptible la mayoría de las veces, y tampoco es agradable aceptar una realidad de cambio. El sufrimiento de la persona aumenta cuando hay confusión de principios y rencor en la memoria, más aún, cuando somos conscientes del pecado propio y del de los demás entramos en un estado de desesperación, sentimos que con nada nos conformamos y terminamos achacando la culpa a quien no causó el daño, aumentando la pasión de las víctimas.
Ante estas coordenadas de la vida del hombre, Cristo vino al mundo para compartir la experiencia de dolor, verificada desde su propio nacimiento en la carne, en la soledad e incomprensión de sus familiares y contemporáneos, en su sacrificio en la cruz por perdonarnos. Llama la atención sus palabras: Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen (Lc 23,34), Padre, que pase de mí este cáliz pero que no se haga mi voluntad sino la tuya (Lc, 22,42), Padre en tus manos encomiendo mi espíritu ( Lc, 23,46).
Con la esperanza de la Resurrección del Señor, el creyente tiene un principio de fe y de esperanza que no falla, porque es la certeza de la vida y no de la muerte, es la fuerza de la alegría y no del llanto, es la llamada a una vida superior y no de una realidad de pérdida la que levanta al cristiano por el paradigma de la fuerza de amor de Jesús que nos liberó del pecado (es la consciencia del pecado fuente de sufrimiento), porque él nos desató de la cadena de la angustia y nos premió con la corona de la gloria por su sangre derramada para perdonarnos.
Ante estos momentos de dolor y de angustia debemos ser fuertes en demostrar solidaridad a ejemplo de Cristo, Hijo de Dios quien dejando su condición divina se hizo pequeño para hacernos grandes (Fil 2,6), hagámonos pacientes, nobles, humildes, generosos en el don de sí mismos.
Algo que hemos aprendido en las brigadas de este sismo son las señales, los lenguajes de la ayuda: ‘silencio, nadie se mueve, sigamos trabajando, necesitamos agua’. Cristo guardó silencio ante el dolor, no se movió ante los insultos, pero tampoco se mostró pasivo, él tendía internamente hacia la voluntad de su Padre, en los momentos del suplicio seguía trabajando por la salvación del hombre, porque él es la fuente de agua que brota hasta la vida eterna (Jn 4,14).
En efecto hay mucho que hacer en estos momentos de dolor y de incertidumbre, pero la fe siempre debe salir adelante, es el faro que nos guía. Los mexicanos tenemos confianza, y recordando los principios de nuestra fe cristiana sabemos que Cristo es nuestra paz y la vida verdadera, ¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? (Rom 8,35-39).
La fe es un acto necesario en las labores de rescate, el Señor nos rescató porque tuvo fe en su Padre, nosotros hemos de salvar la vida encomendados a la fuerza vivificadora de su amor salvador.
 Pbro. Lic. José Alberto Hernández Ibáñez | Secretario general
Universidad Pontificia de México
 Yo te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla. Gracias, porque la vida, que es siempre un don, se expresa poderosa como imagen y semejanza tuya, perseverando en la adversidad.
Gracias por la fe, que ha nutrido a tantos hermanos y los ha mantenido firmes en la solidaridad. Una fe que, como fundamento y columna verdadera, igual los ha postrado de rodillas ante el misterio y los ha puesto en marcha hacia los lugares donde pueden ser útiles. Una fe que ha visto multiplicarse el pan, hasta que desborda la ayuda y sobran más de doce canastos. Una fe que no cede ante los oportunistas y malvivientes, sino que tiende lazos que construyen y levantan, cuando todo parece derrumbarse a los lados. Una fe que se impone a los desvelos y las fatigas. Una fe que, cuando la desgracia pareciera mover al desánimo, despierta la vida y la consagra.
Gracias por la esperanza, que no se ha caído, más allá del macabro emblema que desde la catedral quisiera insinuarse. Porque la piedra, finalmente, por hermosa que sea, no camina, y sí lo hacen, en cambio, tantos jóvenes que, solícitos, nos muestran un horizonte de calidad humana que algunos sospechaban inexistente. Porque hay futuro, contra todos los agoreros de catástrofes, y el futuro se llama salvación. Porque a los caídos se les entrega con certeza a tus eternos brazos amorosos, y a los que creían perdido todo se les alienta y sostiene. Porque a quienes se les había borrado el sentido, les ha aparecido ante los ojos un faro luminoso que los ilusiona y alerta. Porque vale la pena seguir, aunque no entendamos del todo hacia dónde vamos.
Pero gracias, sobre todo, por la caridad. Ese amor poderoso encendido en tantos ojos que en el mismo momento del sismo pensaban en la gente y suplicaban por ellos. Ese lazo de fraternidad desconocida que genera cadenas interminables de apoyo y se organiza, espontánea. Ese poder que eleva el dolor y le otorga significado. Ese íntimo ardor que rompe el anonimato y convierte al compañero de camino en auténtico prójimo. Gracias por el niño que recogía utensilios de apoyo por las calles, por el voluntario que organizaba los atiborrados centros de acopio, por el torpe cocinero que preparaba tortas y la discreta anciana que oraba ante el Santísimo. Gracias por los verdaderos servidores públicos, comunicadores y líderes comunitarios, que ejercieron su talento con altruismo y prudencia. Gracias por los amigos que aportaron la fuerza de sus brazos y las hermanas que ofrecieron consuelo. Gracias por el grito y la sonrisa que animaron. Gracias por la inteligencia que orientó y la voluntad que venció sus miedos y se arrojó al servicio. Gracias por el venezolano refugiado en mi país que, cuando le preguntaron qué era lo que más le gustaba de México, respondió que esto que testimoniaba ahora. Gracias por ese amor que es más fuerte que la muerte, y que nos muestra, por encima de todas las contradicciones y traiciones, la bondad originaria del ser humano.
El Reino se parece a una pequeña semilla de mostaza. A simple vista, desparece entre las manos. Contiene, sin embargo, una vitalidad poderosa, que permitirá a las aves acogerse a su sombra. Si le hubiéramos preguntado a la estadística, nos hubiera contestado que la coincidencia de fechas era altamente improbable. Pero lo propio de la vida es contrariar los pronósticos. Gracias por las sorpresas, Señor. No te pido que me expliques la catástrofe ni el dolor, porque ya sé que tu respuesta es la Cruz, en la que me dices que estás con nosotros y me pides que estemos los unos con los otros.
A ti la gloria por siempre. Amén.
Pbro. Dr. Julián López Amozurrutia,
Sección de Teología Dogmática,
Universidad Pontificia de México
Con ocasión de los recientes acontecimientos trágicos
 1. El colapso físico por el sismo nos lleva a pensar en el colapso social a causa de la violencia, la inseguridad, la corrupción y la impunidad, características con las que se define hoy a México dentro y fuera país.
2. Sin embargo no hemos perdido nuestra capacidad de reaccionar para que surja lo mejor que hay en la gente: la autoestima como pueblo, los talentos y bienes compartidos, las virtudes sociales en particular la solidaridad en todas sus expresiones y la autoconciencia de lo que valemos como país.
3. La pregunta es: ¿Por qué no se revela todo lo anterior en la cotidianidad de la vida mexicana para que el pueblo, sin exclusiones, pueda reconstruir una dignidad que nunca debió haber sido pisoteada? Barbarie en los crímenes de la delincuencia llamada “organizada”, narcotráfico como opción de vida, feminicidios, desapariciones forzadas, complicidades gubernamentales, insensibilidad social, gobernantes y partidos políticos atracadores del pueblo, millones de empobrecidos por el sistema y, ahora además siniestrados. Las estadísticas son aterradoras.
4. El reto fundamental es dar sentido profundo a lo que vivimos en los acontecimientos extraordinarios como estas tragedias recientes con su cuota de fallecidos, según los valores y las convicciones humanas o religiosas que cada uno tenga.
-Los mexicanos no somos ni mejores ni peores que ningún otro pueblo. No vemos los eventos como castigos divinos, sino como la natural deficiencia de las creaturas, que no son perfectas. ¿Tenemos alguna responsabilidad por el daño que hemos causado a la tierra, nuestra casa común?
-Como todos hemos de buscar la calidad de vida en particular para los más desprotegidos
-No renunciar a nuestra capacidad de lucha y de esperanza solidaria tanto en estos eventos trágicos como los eventos cotidianos de la convivencia social.
-No ver las recientes tragedias como un episodio banal u oportunidad de comentario frívolo para medrar con la noticia superficial, como hacen muchos medios de comunicación perversos.
5. Finalmente, los creyentes podemos dirigir nuestra mirada a “Aquél en Quien vivimos, nos movemos y existimos”. Creemos que es la fuente de nuestra vida y de nuestro ser en el mundo. Nos puede reconfortar la recomendación de Pablo a los cristianos de Roma: “En realidad, ninguno de nosotros vive para sí mismo, ni muere para sí mismo. Si vivimos para el Señor vivimos, y si morimos para el Señor morimos. Y tanto en la vida como en la muerte, somos propiedad del Señor…” (14,7-8).
Pbro. Dr. Francisco Merlos Arroyo,
Universidad Pontificia de México
Oportunidad de renovación y crecimiento
Los sismos del pasado 7 y 19 de septiembre han sacudido la tierra derribando edificios poco sólidos; han sacudido conciencias, dejando ver lo más noble del ser humano pero también lo más oscuro del mismo.
Estos eventos naturales han puesto en evidencia la pobreza de muchos pueblos, cuyos nombres ni siquiera sabemos pronunciar. Han dejado al descubierto que muchos edificios caídos, públicos y privados, o eran ya muy viejos o fueron construidos donde no se debía o no fueron bien construidos, pues se utilizaron materiales inapropiados, con la finalidad de obtener mayores ganancias dentro del círculo de la corrupción.
De igual manera, las sacudidas han develado el abismal contraste que hay entre lo que se presupuesta para el gasto de burócratas y lo que se destina para los pobres. Por ejemplo, para el año 2018, el Instituto Nacional Electoral presupuesta para sí y los partidos políticos poco más de 25 mil millones de pesos; los 128 senadores piden 4 mil 905 millones de pesos y los 500 diputados piden 8 mil 239 millones. En cambio solo se piensa destinar para el Fondo de Desastres Naturales 6 mil 644 millones de pesos, que probablemente aumentarán un poco más, después de los sismos pasados. Es un contraste que nos deja muy claro que a quienes forman el aparato gubernamental solo se interesan por ellos mismos y poco les importa el pueblo de México.
Los sismos afectaron cerca de 150 mil casas, 12, 900 escuelas, 1000 iglesias, 8 hospitales del IMSS y otros privados; también afectaron carreteras, edificios de empresas, edificios gubernamentales, etc. Se trata de daños enormes, cuya reconstrucción se estima, preliminarmente, en más de 38 mil millones de pesos.
Incluso, en medio de la desgracia, unos aprovechan para robar lo destinado a los damnificados, algunos quieren lucrar económica y políticamente con la repartición de los víveres, otros quieren aparecer como protagonistas, visitando los lugares dañados para tomarse la foto. Si todos estos así actúan en momentos de desgracia y dolor, cuando se espera solidaridad, generosidad y compasión, ¿cómo actuarán regularmente?
Pero por encima de esta negatividad, también sobran los testimonios positivos que nos hacen reforzar nuestra confianza en el ser humano, nuestra esperanza en una sociedad mejor. Ante la adversidad, todo México y muchos países del mundo se han volcado a prestar su ayuda. Personas de toda condición social se unieron a las obras de rescate, a preparar y repartir alimentos, a distribuir víveres, a cobijar a quienes perdieron sus casas. Individuos e instituciones han donado víveres, herramientas, medicinas y demás cosas de uso personal, así como dinero y otros servicios. En todo ello, sobresale la presencia de los jóvenes. Esta experiencia nos enseña que sí nos importa el otro, que sí podemos ser generosos y solidarios, que sí podemos desprendernos de cosas superfluas que otros necesitan. Pasada la contingencia no deberíamos olvidar estas enseñanzas; no deberíamos olvidarnos de los pobres; no deberíamos olvidar que formamos parte de una comunidad, de una sociedad, en la que todos debemos participar para que vivamos en paz y en armonía.
Un huracán causa destrucción, pero también trae peces a los pescadores, tira las ramas secas de los árboles y riega los campos; es decir, renueva la naturaleza. Un sismo sacude el suelo, lo acomoda, aunque también derriba edificios y causa muerte y dolor. Pero es una oportunidad para construir mejores casas, más seguras y con mejores servicios; es una oportunidad para organizar mejor los lugares de trabajo, los lugares de servicios, etc.
Leonardo Boff reflexionaba sobre la oportunidad que una crisis representa para crecer y renovarse: «Después de cualquier crisis, corporal, psíquica, moral o religiosa, el ser humano renace». «Solo crecen y maduran los que ven en la crisis una oportunidad de vida nueva…» (La crisis como oportunidad de crecimiento: vida según el espíritu, 2004). También Santiago nos invita a tener paciencia ante la prueba para salir fortalecidos en la fe y hacernos dignos de la Vida eterna: «Hermanos, alégrense profundamente cuando se vean sometidos a cualquier clase de pruebas, sabiendo que la fe, al ser probada, produce la paciencia… Feliz el hombre que soporta la prueba, porque después de haberla superado, recibirá la corona de Vida que el Señor prometió a los que lo aman» (Sant 1, 2-3.12).
No solo quienes estuvieron a punto de morir y ahora dicen que Dios les concedió una segunda oportunidad, sino todos tenemos una segunda oportunidad para hacer de nuestra vida diaria una ocasión de renovación y crecimiento en los valores que nos hacen más humanos, más hermanos, más cristianos. Sobran las iniciativas en las que podemos participar activamente en favor de la colonia, de la parroquia, de la ciudad, de nuestro país. No seamos indiferentes ante las propuestas de cambiar las leyes que solo benefician a quienes las hacen o las promulgan; no quedemos callados cuando seamos testigos de una injusticia o de un acto de corrupción.
Los sismos nos han sacudido para despertarnos y levantarnos, no volvamos a quedarnos dormidos.
Pbro. Dr. Mario Medina Balam,
Facultad de Derecho Canónico,
Universidad Pontificia de México
Señor Jesús, estamos aquí reunidos, como cada semana, en nuestra parroquia. Han sido días difíciles para nuestras familias, para nuestra ciudad y todo el país.
Tenemos un poco de miedo, estamos angustiados y nos sentidos frágiles y vulnerables ante las fuerzas de la naturaleza.
Huracanes y sismos han tocado a nuestra patria y muchos hermanos se han visto afectados. Algunos han perdido la vida, otros han visto como en instantes se ha perdido el fruto del trabajo de años. Han perdido sus casa, sus fuentes de trabajo, sus cosechas, su patrimonio y lo mucho o poco que tenían para vivir.
Cada noticia, cada sonido, cada vibración nos altera y nos ponemos inquietos, no tenemos paz en el corazón.
Por eso hoy nos ponemos en tu presencia, y te decimos como los apóstoles “Señor a quién iremos, tu solo tienes palabras de vida eterna”. No tenemos más refugio sólido que tus manos. Por eso hoy acudimos a Ti para que nos cuides, para que nos protejas, para que des consuelo y paz a nuestro corazón.
Te damos gracias por la vida, por la salud, porque estamos bien. Hoy muchas personas lloran y sufren la pérdida repentina de sus familiares y amigos. Hoy hay familias que ya no están completas, que están rotas y sufren porque les falta alguien. Te pedimos por cada una de las personas que han perdido la vida para que les des la paz y la vida eterna. Te pedimos por sus familiares para que encuentre consuelo y paz en la certeza de la resurrección que tú nos has prometido. Queremos abrazarlos con nuestra oración para que no se sientan solos, sentimos la necesidad de hacer algo por ellos y no ser indiferentes ante su dolor.
Te damos gracias porque nuestra familia está bien, porque nuestros amigos están sanos y salvos. Pero sabemos que no todas las familias la están pasando bien. Te pedimos por cada familia en cualquier parte de nuestra patria que esta triste, que se siente angustiada ante el futuro, que cada vez que tiembla vuelve a revivir la angustia y el dolor. Dales Señor fortaleza y paz, y que encuentren en nosotros ayuda y consuelo.
Te damos gracias porque saldremos de misa e iremos a nuestra casa, quizás tenga algún daño material, pero sigue ahí en pie y es habitable, hoy muchas familias no tienen un techo donde pasara la noche, en instantes perdieron lo que con tanto esfuerzo y a lo largo de los años habían construido. Su casa, sus muebles, su patrimonio, sus historias y recuerdos se han perdido. Te pedimos que seamos capaces de ir a su encuentro, que nuestra casa se abra para ellos y podamos compartir no solo en estos días de emergencia algo con ellos, sino que en los meses venideros también vayamos a su encuentro y les ayudemos a reconstruir sus casa, sus plazas, sus jardines, sus caminos y puentes, sus fuentes de empleo, sus fábricas y talleres, sus templos, que nadie se sienta solo y puedan volver a ver el futuro con esperanza.
Te damos gracias porque de lo más profundo de nuestra persona vimos, que venciendo el miedo y el temor de los primeros momentos, surgió ese patrimonio humano que cada uno lleva, y esos jóvenes que decimos que son egoístas e indiferentes se transformaron en un ejercido de voluntarios, de brigadistas y de rescatistas dispuestos a llevar un poco de agua, a remover escombros, a dirigir el tránsito y de abrazar a los que en ese momentos se sentían solos y desamparados. Vimos como desde los más pudientes hasta los más sencillos se pusieron uno al lado del otro para remover escombros y pedir silencio para escuchar el gemido de herido. Cómo tenemos que aprender a levantar el puño no para agredir ni violentar al otro, sino para hacer silencio y escuchar a nuestros hermanos que sufren no solo bajo los escombros sino todos los días en nuestra gran ciudad y en cada rincón de la Patria. Te pedimos por cada uno de los que sin pensarlo dos veces se pusieron, y hoy siguen, buscando a los desaparecidos y atendiendo a los heridos. Te pedimos de modo especial por nuestros jóvenes que salieron a las calles para auxiliar a los demás, en ellos México sí tiene esperanza, en ellos está la verdadera fuerza de nuestra Patria.
Te damos gracias por cada socorrista, paramédico, policía, agente de tránsito, enfermera, médico, soldado, marino y piloto de la fuerza aérea que cumpliendo más allá de su deber y hasta los límites de sus fuerzas físicas no han dejado de trabajar. En las costas, en la montaña, en los pueblos y ciudades, y en nuestra capital, ellos siguen y seguirán estando para ayudarnos. Sabemos que no son perfectos, que a veces se equivocan, pero en la desgracia han estado al lado de cada uno de sus hermanos y los han ayudado para levantarse. Muchos de ellos no han visto en estos días a sus familiares, a sus esposas y esposos, a sus padres y madres, a sus hijos e hijas, pero han estado ahí para rescatar y cuidar en las inundaciones, en los derrumbes, en los hospitales y albergues a tantas otras personas desconocidas. Ellos han tenido la capacidad de ver en cada persona en desgracia a sus propios hermanos y hermanas, en cada anciano a su padre y a su madre, en cada joven y niño atendido a sus propios hijos e hijas. Te pedimos que los protejas y cuides, que cures sus heridas y les permitas ver pronto a su familia y abrazarlas y saber que todos ellos están bien.
Te damos gracias por tanta ayuda y generosidad que ha desbordado los centros de acopio, los albergues y centros de voluntariado. Toca el corazón ver desde el que llega con un camión lleno de ayuda, hasta el pobre y humilde que comparte lo que tenía para vivir para dárselo a quien ha perdido todo. Ha sido bello ver su cara de angustia, por no poder hacer más, y al mismo tiempo, su deseo de compartir y de volver al día siguiente para ayudar de nuevo. Empresarios, voluntarios, organizaciones civiles, escuelas, universidades, colegios, parroquias y ciudadanos de a pie entre tantos otros, se han movilizado para llevar ayuda a los damnificados. Sin embargo, no podemos olvidar como junto al trigo se ha visto la cizaña de nuestra sociedad, en aquellos que viendo la desgracia han salido a robar en los congestionamientos de tránsito, en aquellos que no aguantaron la tentación de especular con los precios, o de esconder las despensas donadas, en aquellos que ocultaron la verdad y difundieron el rumor y las mentiras, en aquellos que solo salieron para tomarse la foto y sintieron que ya habían cumplido, en aquellos que se hicieron pasar por servidores para robar a los que estaban en desgracian, en aquellos que no quieren perder ningún centavo de los dineros públicos y que se resisten a que se destine la ayuda para la reconstrucción, y muchos otros que hicieron el mal. Te pedimos perdón porque seguimos siendo mezquinos, porque no sabemos dar desde el corazón, porque el afán de riqueza nos hace ser deshonestos y no intentamos ser ciudadanos cabales. Te pedimos que nos ayudes no solo a reconstruir nuestras casas, fabricas, campos y ciudades, sino a reconstruir nuestra sociedad desde los cimientos de la verdad y la justicia, te pedimos que podamos construir un auténtico estado de derecho que evite, en la medida de lo posible, que la cizaña siga creciendo en nuestra sociedad.
Te damos gracias por los enfermos que se van recuperando en los hospitales y vuelven a sus hogares, de modo especial te encomendamos a los más graves que siguen en terapia. Te pedimos que les concedas la salud y que puedan estar pronto entre sus seres queridos.
Te damos gracias porque de tantos lados del mundo nos ha llegado la ayuda material y sobre todo, por la presencia de socorristas especializados que no han dudado en arriesgar su vida para salvar a uno de nuestros compatriotas. Te pedimos por ellos, que regresen con bien a sus casas, cuida de sus familiares y amigos y concédenos que el día de mañana también nosotros seamos generosos y estemos dispuestos a ir en su auxilio.
Te damos gracias por nuestros niños y jóvenes, muchos de ellos, como nosotros, siguen asustados, temerosos, y no logran controlar su ansiedad. Te pedimos que les des paz en su corazón, y de modo especial te pedimos por todos esos pequeños que perdieron su vida para que ahora desde el cielo cuiden de sus papas y hermanos. Te encomendamos a sus papas y familiares que están deshechos, dales el consuelo de que sus hijos ahora gozan de tu presencia.
Te damos gracias porque hoy podemos estar juntos como comunidad parroquial rezando, celebrando la misa y pidiendo unos por otros. Sabemos que muchos hermanos nuestros hoy no tienen ni el consuelo de un templo para refugiarse y rezar, que han perdido sus imágenes y sus santos, sus bellos templos que habían construido para alabarte están en ruinas, pero aun así sabemos que Tú no dejas de habitar en medio de tu pueblo, que Tú sigues estando con nosotros.
Te damos gracias porque en muchos lados ha surgido el auténtico “si se puede”, el “viva México”, el “fuerza México”, el “reza por México”, y de modo espontáneo se ha entonado nuestro Himno Nacional, no por un hecho superficial, sino ante la alegría de rescatar un herido, de remover una loza que aprisionaba al hermano, y tantos pequeños triunfos que se lograron como sociedad civil. Te pedimos que no nos cansemos de hacer el bien, que rechacemos el mal, la corrupción, la impunidad, la violencia y la injusticia. Te pedimos que con la misma fuerza podamos construir una nación solidaria en donde bajo un techo sólido todos tus hijos e hijas tengan un futuro mejor. Te pedimos que nuestros gobernantes sepan estar a la altura del reto.
Te damos gracias porque mirando a la cumbre del Tepeyac hemos encontrado consuelo maternal en Nuestra Madre Santísima de Guadalupe, en ella la esperanza renace, en ella podemos volver a reconstruir esa casita que Tú quieres que se levante en la Nación Mexicana, en ella Madre del verdadero Dios por quien se vive, en su regazo materno hemos podido llorar y encontrar consuelo. Te pedimos Señor que no dejes de cubrir a México con el manto amoroso de tu Madre, nuestra Madre buena, consuelo de los que sufren y amparado de los que están en desgracia.
Señora y niña mía, llévanos a todos en tu regazo, ahí en el hueco de tus manos, cerquita de tu corazón, pon ahí a cada niño, a cada joven, a cada adulto, a cada anciano, a nuestra familia, a nuestros enfermos y difuntos y ayúdanos a reconstruir nuestra Patria.
Amén.
Pbro. Dr. José Félix García Benavente,
Instituto Superior de Ciencias Religiosas,
Universidad Pontificia de México