Artículo de Estudio: “LA PARTICIPACIÓN ACTIVA COMO CAMINO PARA CONSTRUIR LA PAZ

Artículo de Estudio: “LA PARTICIPACIÓN ACTIVA COMO CAMINO PARA CONSTRUIR LA PAZ

“La participación activa como camino para construir la paz[1]

Por: Alejandro Donis Maturano

Profesor del Departamento de Extensión Universitaria

INTRODUCCIÓN[2]

La fe no es una credulidad o mera creencia, ni tampoco es un acto al lado de otros actos. La fe, en su etimología hebrea, emunah, hace referencia a algo seguro y fiel en lo que podemos confiar plenamente porque es VERDAD (en hebreo emet). Esta confianza que se profesa está íntimamente ligada a la Palabra de Dios, a lo que Él mismo ha revelado por iniciativa suya y amorosa. La fe implica, por tanto, una respuesta y adhesión a la búsqueda de Dios por el hombre[3]. La respuesta del hombre a esta búsqueda divina abarca a la totalidad de la persona humana. Por eso, la fe es una actitud que engloba todos los actos, a toda la persona: el sentimiento, la inteligencia, el espíritu, la voluntad y las opciones, tanto categoriales como fundamentales, de la vida.

La fe es una experiencia originaria de encuentro con el Misterio que llamamos Dios vivo, mismo que Jesús predicó. Ese encuentro cambia la vida y la forma de ver todas las cosas. Por la actitud de fe vemos que todo está ligado y religado a Dios, como aquel Padre/Madre que ha creado todo, acompaña todo y atrae todo para que todos puedan vivir con espíritu fraterno, con cuidado de unos a otros y con cuidado de la naturaleza. El Papa Francisco ha expresado que “Dios ama a cada uno de nosotros como un padre y como una madre”.[4] Es muy interesante que este amor, que abarca el ámbito de lo social. constituya el mensaje central de la nueva encíclica del Papa Francisco Fratelli tutti. La fe no sólo es buena para la eternidad, lo es también para este mundo.

La fe en su dimensión social engloba a la política con P mayúscula (política social) y con p minúscula (política partidaria). Y esto nos permite se puede preguntarnos: ¿en qué medida la política, ya sea social o partidaria, es instrumento para la realización de los bienes del Reino como el amor social, la fraternidad sin fronteras, la justicia personal y social, la solidaridad, la tolerancia y, en este caso, la paz? En qué medida la política crea las condiciones para que las personas se abran a la cooperación mutua y participación activa, y no se devoren unas a otras mediante la competición sino en comunión unos con otros y con Dios. Esta “política” es llamada en Fratelli tutti “la Política Mejor”, que incluye el corazón, y también la ternura y la gentileza. Es por eso que una participación activa, como expresión social de nuestra fe, es camino para construir la paz.

 

  1. ¿Qué es la participación?: “Vayan y hagan lo mismo” (Jn 13, 15b)

El término participación es muy común en el lenguaje cristiano, aunque muchas ocasiones no nos hemos percatado de lo importante de esta expresión. La palabra “participación” se utiliza sobre todo, aunque no únicamente, en referencia al sacrificio eucarístico en expresiones como “participemos activamente  en  esta  Eucaristía”. También se dice “participar  del  altar para  tener  parte  en  la  plenitud  del reino”[5];  pedimos  “que  el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del cuerpo y sangre de Cristo y así merezcamos compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas”.[6] Las distintas oraciones de la Misa expresan nuestros deseos: pedimos “participar del gozo eterno”, “participar de la divinidad”, “participar de vida de Dios”, “participar con mayor plenitud de la vida del reino glorioso”, “participar de la gloria del cielo”, “participar de los bienes eternos”, “participar de los dones del cielo”,  “participar  del  don  de  la  inmortalidad”;  y  también  “participar  de esta eucaristía”, “participar dignamente de los sacramentos de tu amor”.[7]

 

  1. Punto de partida…

Pero, ¿qué significa el término participar? La  etimología directa nos indica que participar viene del latín pars (la parte) y capere (tomar). Participar significa entonces “tomar una parte de algo o tomar parte en algo”.[8] Si pasamos a la palabra griega, participar proviene de metejo, que es la unión de meta y ejo. Ejo indica una “pertenencia”, “el poseer algo”. Así lo entiende Aristóteles.[9] En la Biblia, ejo tiene el mismo sentido de pertenencia.  Por  ejemplo,  podemos tener  la  vida  eterna  (Jn  3,15;  5,24), tener a Dios (1 Jn 5,12; 2 Jn 9). Jesús insiste en que Dios posee la vida y la da (Jn 3,15). Tiene la vida en sí mismo y da al Hijo de tener la vida en sí mismo (Jn 5,26-27). Tener significa “recibir algo y hacerlo suyo”, “conservarlo”. Por ejemplo, tener luz para no caminar en las tinieblas (Jn 12,35-36); el que me sigue tendrá la luz de la vida (Jn 8,12); hay que tener la vida (Jn 5,39-40).

Pero además el verbo metejo implica un añadido: no se trata solamente de “poseer”, sino de “compartir lo que se posee”, de “participar”. El prefijo meta indica precisamente un matiz de compartir. Es asi que metejo y koinoneo son sinónimos, pero el Nuevo Testamento prefiere utilizar el vocablo koinoneo.[10]  El empleo de metejo más interesante está en san Pablo y, por supuesto, relacionado con la Eucaristía.

En 1 Co 10, Pablo confronta a los Corintios con las divisiones de su comunidad y les recuerda la Cena del Señor: “Todos participamos de un solo pan; de allí viene nuestra unidad y unión con Cristo (v. 10). Por eso, no se puede participar de la mesa del señor y de las mesa de los  demonios  (v.  21). Si  participo  de  la  acción  de  gracias,  no  habrá problemas (v. 30)

  1. Punto de llegada…

Si partimos, por tanto, de la etimología griega, es decir metejo, “participar” implica una posesión (ejo) pero también el compartir lo poseído (meta). Por tanto, el tener (posesión) va unido al ser (compartir).

Y recurriendo a su etimología latina, antes descrita, expresamos que “participar” viene del latín participare que es partem – capere. Pero no habría que traducir solamente por “tomar parte”, mucho menos por “tomar una parte”. Hay que dar al término capere el sentido original de “capacidad”. “Participar” es entonces “tener la capacidad de asemejarse en parte, de recibir la esencia de otro o desde otro”. En el caso de Dios y nuestro, decimos que “participamos de la vida que nos dio Dios”, es decir,  recibimos de y desde Dios la existencia: la creatura es de Dios, no es Dios.

Tomemos  el  ejemplo  de  la  comida.  La  comida  es  lo más  humilde  en  la  naturaleza.  Comunica  su  ser,  participa  totalmente  su ser para la vida del comensal. Pierde totalmente su ser y se deja asimilar (que  es  una  forma  especial  de  participar).  Pero  “participar  es  ser  participado”. La Eucaristía es comida. Asimilamos la comida, pero Dios es inasimilable. Participamos de lo imparticipable. Dios se deja asimilar y sigue siendo Dios, sigue siendo el Totalmente Otro.

Ahora bien, si buscamos el término “participación” en algún Diccionario, éste tiene la siguiente definición de modo general, con sus acepciones:

  1. Actuar, junto con otras personas, en un suceso, un acto o una actividad, generalmente con el mismo nivel de implicación. “Participar en una competición deportiva”
  2. Recibir una parte de algo que se reparte. “Participar del dinero ganado en un premio”.
  3. “Ser parte”, “tomar parte” y/o “tener parte” en algo. Se trata del derecho de toda persona a decir su palabra y a decidir su propio destino. “Participar en las elecciones de un país”
  • En este sentido, la participación es un proceso, implica tomar parte en las decisiones y siempre se participa con un propósito claramente definido y deseado por quienes están implicados.
  1. Ejercicio cotidiano en la convivencia ciudadana.
  • Para lograr este ejercicio se debe proporcionar los instrumentos necesarios para la participación, a fin de que la gente sepa cómo participar y realizar las actividades que supone esa participación

Concluyo este primer punto sobre el significado etimológico y nominal de “Participación”, contextualizando lo anteriormente desde el texto joánico del lavatorio de los pies (cap. 13), en los versos 12 al 15 (el llamado Texto B) [11] que dice:

“Después de lavarles los pies se puso de nuevo el manto, y volvió a sentarse a la mesa y dijo a sus discípulos. ¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben hacer lo mismo unos con otros: les he dado ejemplo para que vayan y hagan lo mismo que yo he hecho con ustedes”.

Resulta interesante que en el cuarto evangelio, en su capítulo 13: a) se  encuentre y relate el hecho del  lavatorio de  los pies mientras se celebra la última cena; b) que en su lugar, no figure la institución de la Eucaristía; c) que no lo cuenten los sinópticos, y d) que venga introducido por el pequeño “prólogo” que ocupa los tres primeros versículos. Después de un largo párrafo, aparecen unas palabras claves que ayudan a la comprensión de esta perícopa “se levantó” “dejó” y “se (lo) ciñó”. Ha llegado la hora en que el cordero de Dios, entregue su vida por el rescate de la humanidad, es el momento de la consumación de toda la predicación hecha por Jesucristo, es el momento de la pasión, y este cuarto evangelio nos lo dice: “Jesús amando a los suyos que estaban en este mundo  los amo hasta el extremo” (Jn 13,1).

Del lavatorio de los pies, cabe mencionar que, existieron dos versiones distintas: Jn 13,6-11 y 13,12-20; de modo que pueden leerse de forma seguida 13, 1-11, el relato A, y pasar  inmediatamente a 13,21, omitiendo 13,12-20, el relato B, y luego hacer lo mismo con el otro relato. En ambos casos, la lectura tiene sentido y no le falta coherencia. Los dos textos tienen una característica común: los dos son un hecho salvífico. Para el primero, el relato A, el lavatorio es un hecho único, irrepetible e inimitable. Así se deduce del propio contexto. Es algo que tiene que hacer y solo hace Jesús. Mientras que en el relato B, el lavatorio es un hecho múltiple, repetible e imitable. Es algo que tienen que hacer los discípulos.

El rito en sí mismo del lavatorio no tiene mayor importancia, pero Cristo con él, vino a enseñar a todos que la esencia del cristianismo es el amor servicial y la comprensión mutua; que el instalarse en  los  cargos  y  jerarquías,  en  la  comodidad  y  el  orgullo  es  lo  opuesto  a  su enseñanza, y así no se tiene parte con Él, así no se ha entendido nada de su obra y su palabra. Para ser digno de Cristo no hay más que un camino, tener humildad y caridad con el prójimo. El servicio, la pobreza y la entrega caracterizó toda la vida de Jesús. Estas son las credenciales  y atributos del Reino que vino a establecer.

Por eso, cambiar  el  mundo,  transformarlo,  siguiendo  el  ejemplo  del  Maestro  para recibir e implantar su Reino, es y sigue siendo la misión de la Iglesia. Este  relato  aleccionador  y  profundo  del  lavatorio  de  los  pies  tiene  la  fuerza  y  el  poder  de resaltar y enfocar el génesis, la esencia y el corazón mismo del cristianismo.

Los versículos 12 al 15 (relato B) hacen la aplicación del lavatorio de los pies a la vida de los discípulos, para  sugerir  el  estilo  de  la  comunidad  de  los  verdaderos  discípulos:  cómo debemos comportarnos los unos con los otros. El Maestro explica sus actos sobre lo que acaba de hacer con la finalidad de darles un ejemplo que sus discípulos deben “reproducir”: unos han de servir siempre a los otros, siguiendo el ejemplo de Jesús, que siendo el primero y el Señor se hizo esclavo y servidor de todos. Jesús se propone dar a sus discípulos un ejemplo de humildad y de caridad. Lavar los pies a los  invitados  era  oficio  de  los  siervos.  Indica  que  para  ser  dignos  de  Jesucristo  hay  que llenarse el alma de profunda humildad y viva caridad con el prójimo.

Y esta caridad con el prójimo ha de vivirse en medio de la sociedad no sólo como comunión (koinoneo) sino también como participación (metejo) en esa misma sociedad.

  1. La participación como un acto de fe y evangelizador

2.1 La participación como acto de fe

La fe es como una bicicleta…[12] ha expresado en diversas ocasiones Leonardo Boff.  Según este teólogo, la fe que es una experiencia personal de encuentro con Dios y con Cristo en el Espíritu debe  traducirse concretamente en la vida. Y es como una bicicleta porque tiene dos ruedas a través de las cuales se vuelve concreta la fe: la rueda de la religión y la rueda de la política.

Boff expresa que la rueda de la religión se realiza mediante la meditación, la oración, las celebraciones, la lectura de la Biblia, incluso la popular, las peregrinaciones, los sacramentos… en una palabra, por el culto. Muchos reducen la religión sólo a esta rueda, especialmente las cadenas de televisión católicas. Estas son generalmente de un cristianismo meramente devocional, de misas, santos, rosarios y de ética familiar. Casi nunca se habla de justicia social, del drama de los millones de desempleados, del grito de los oprimidos ni del grito de la Tierra. En este campo hay que comprometerse, tomar partido, para escapar del cinismo ante una realidad con tantas iniquidades. Este tipo de cristianismo hace difícil entender por qué Jesús fue preso, torturado, juzgado y condenado a muerte en una cruz. Este tipo de cristianismo es un cristianismo cómodo, como si Jesús hubiera muerto de viejo y rodeado de seguidores.

Más grave, continúa diciendo, es el tipo de fe proclamada por algunas comunidades eclesiales con sus televisiones y sus programas multitudinarios, y ahora por redes sociales o en plataformas digitales. Allí no se escucha nunca el mensaje del Reino de amor, de justicia, de fraternidad y de perdón. Nunca se escucha la palabra fundamental del Jesús histórico: “Bienaventurados los pobres, porque suyo es el Reino de Dios… ¡Ay de vosotros, ricos, porque ya tienen su consuelo!” (Lc 6,20.24). En su lugar, se vuelve a un tipo de lectura del Antiguo Testamento (raramente la tradición profética) en la que se destacan los bienes materiales. No predican el evangelio del Reino, sino el evangelio de la prosperidad material.

La fe tiene una segunda rueda, la rueda de la política, es su lado práctico, su lado social. La fe se expresa mediante la práctica de la justicia, la solidaridad, la denuncia de la opresión, la protesta ante las injusticias y la práctica de la solidaridad sin fronteras, el amor social y la fraternidad universal, como subraya el Papa en Fratelli tutti (nº 6). Como puede verse, “la política aquí es sinónimo de ética”. Tenemos que aprender a equilibrarnos en ambas ruedas para poder andar correctamente.

Así pues, por ética en la política se entiende la dimensión de responsabilidad, la voluntad de construir relaciones de participación y no de exclusión en todos los ámbitos de la vida social. Significa ser transparente y aborrecer la corrupción. Hoy día, problemas como el hambre, el desempleo, el deterioro general de las condiciones de vida y la exclusión de las grandes mayorías son de naturaleza social y política, y por lo tanto éticos. Aquí la fe debe mostrar su poder de movilización y transformación (Fratelli tutti nº 166).

De modo general, y siguiendo es este mismo autor, es posible hablar de una doble dimensión en la Política, como se mencionó en la introducción. Una escrita con P mayúscula y otra con p minúscula: Política social (P) y política partidaria (p).

Política social (P): es todo lo que concierne al bien común de la sociedad, o bien es la participación de las personas en la vida social. Por ejemplo, la organización de la salud, la red escolar, el transporte, la apertura y el mantenimiento de las calles, el agua y el alcantarillado, etc., tiene que ver con la política social…Definiéndolo brevemente podemos decir: política social o política con P mayúscula es la búsqueda común del bien común.

Política partidaria (p): es la lucha por el poder del Estado, para conquistar el gobierno municipal, estatal y federal. Los partidos políticos existen para alcanzar el poder del Estado, ya sea para cambiarlo (proceso libertario), o para ejercerlo tal como está constituido (para gobernar el statu quo existente). El partido, como la misma palabra dice, es “parte” y “parcela” de la sociedad, pero no es toda la sociedad. Cada partido tiene detrás los intereses de grupos o clases que elaboran un proyecto, dirigido a toda la sociedad. Si llegan al poder del Estado (gobierno) dirigirán las políticas públicas de acuerdo con su programa y su visión particular de los problemas.

En cuanto a la política de partidos, es importante que la persona de fe, el cristiano católico, considere los siguientes puntos cuando ejerza su voto como expresión de su participación activa y democrática:

  • ¿Cuál es el programa del partido?
  • ¿Cómo entra el pueblo, la comunidad, la colonia… en este programa? a) Si se ha discutido a nivel de base; b) satisface las demandas reales y urgentes del pueblo; c) si prevé la participación popular a través de sus movimientos y organizaciones; y d) si se le ha escuchado en su concepción, implementación y control.
  • ¿Quiénes son los candidatos que representan el partido y su programa? Qué biografía tienen, si siempre han mantenido un vínculo orgánico con las bases sociales, si son verdaderos aliados y representantes de las causas de la justicia y la transformación social desde la justicia y derechos humanos, o si quieren mantener las relaciones sociales tal como están, con las contradicciones e incluso con las iniquidades que encierran.

Por eso, para nosotros los cristianos, es necesario analizar en qué medida estos programas o propuestas partidistas:

  • Están en sintonía con el proyecto de Jesús,
  • cómo ayudan a la liberación de los oprimidos y marginados,
  • que vean en la educación un espacio privilegiado y fundamental para la humanización, que sea incluyente y permanente con sabor a evangelio,
  • que tengan el soporte de una ética del cuidado e impliquen una democracia socio-écológica: respeto a la Casa común, energías naturales y/o renovables, respeto a todos los seres de la creación, en especial con los que tenemos relaciones de interdependencia,
  • que apoyen la investigación científica,
  • se fundamenten en valores y respeto a la dignidad humana
  • que abran espacio para la participación de todos (trabajo colaborativo).

Es importante destacar: la decisión del voto partidista es un asunto de cada conciencia y formación, y un cristiano sabe, o debe saber, qué dirección tomar.

2.2 La participación como acto evangelizador

 Se afirma que todo es político, pero la política no lo es todo. La vida humana, personal y social, aparece con otras dimensiones, como la afectiva, la estética, la lúdica y la religiosa. Por eso, para que la Iglesia sea fermento en la sociedad, hay que desarrollar la dimensión ética-politica y social de la fe. De ahí que la misión de la Iglesia, que es el evangelizar (cfr. EN 8), se traduzca, en el ámbito social, en ayudar a todas las personas para que lleguen a ser dueñas y constructoras de su propio desarrollo, para que contribuyan también a transformar la sociedad, Y la caridad política nos debe impulsar al compromiso y participación activa como camino para construir la paz.[13]

Es así entonces que la verdadera política social (P) es caridad… Y por caridad política entendemos el amor eficaz a las personas, que se actualizan en la prosecución del bien común de la sociedad. Es el amor que se expresa en la preocupación por los asuntos comunes… por el bien común. Amar a alguien es querer su bien y trabajar eficazmente por él. Junto al bien individual, hay un bien relacionado con el vivir social de las personas: el bien común. Desear el bien común y esforzarse por él es exigencia de justicia y caridad. Se ama al prójimo tanto más eficazmente, cuanto más se trabaja por un bien común. Este trabajo por el bien común en la participación activa es un acto evangelizador.

La palabra “evangelizar – evangelización”, en sentido amplio, suele usarse para cualquier actividad eclesial, al punto que corre siempre el riesgo de perder su sentido más específico: el anuncio de la fe que busca suscitar la conversión y adhesión a Jesucristo desde el encuentro personal con él. Si contemplamos muchas de nuestras comunidades, la preocupación pastoral se centra más en la transmisión de valores éticos, en acciones sociales, en el modo de celebrar la liturgia o en la fidelidad moral y doctrinal. Todo esto es muy importante, pero lo primero y fundamental es el anuncio del Evangelio que busca la conversión y adhesión a Cristo. Sin esto, el edificio se derrumba tarde o temprano.

Esto significa que la participación como acto evangelizador es:

  • Dar testimonio de nuestra fe en cada ámbito donde Dios nos ha puesto: el hogar, el trabajo, en la profesión u oficio elegido o que desempeñamos, viviendo los valores evangélicos y contruyendo una sociedad democrática y creando una caridad política (buscar el bien común en todas nuestras acciones).
  • Tener la conciencia, como algunos santos educadores tenían, de “formarnos como buenos cristianos y honestos ciudadanos”. Y en el renglón de ser honestos ciudadanos implica el respeto a los lábaros patrios, a las instituciones, a las leyes… a participar con conocimiento en las elecciones, mismas que ya están próximas,…
  • Luchar, como cristianos, por una país y un mundo más fraterno y justo, sino desde la perspectiva del seguimiento de Jesús, cumpliendo con nustros deberes o obligaciones como cristianos y ciudadanos. Y la transformación de este mundo, no es solo un ideal sociológico o político, sino es un auténtico acto de fe.
  • Ir más allá del mero cumplimiento  prácticas  religiosas,  asumiendo  un  compromiso  para  seguir  a  Jesús en la construcción del Reino en medio de una sociedad determinada en la que nos ha tocado vivir. La dimensión política de la fe no descuida las prácticas religiosas, pero ayuda a vivirlas en una perspectiva de apertura incondicional para buscar y preparar un mundo más fraterno y solidario, buscando el bien común.
  • Tener una “política del padrenuestro”, que no es una propuesta pietista y desencarnada, sino  un compromiso claro y valiente para apoyar e inventar, si necesario, todo lo que puede ayudar para que se haga realidad el  Reino  de  Dios:  una  sociedad  donde  todos  tengan  lo  necesario  para  una  vida digna, donde se crea concretamente en la posibilidad y la urgencia de cambio, pidiendo perdón y perdonando; donde la lucha contra todo mal es compromiso constante, donde se sepa actuar con auténtica libertad frente a tantas propuestas engañosas que alejan del proyecto de Dios.
  • Saber que hoy día, sobre todo a partir de esta crisis pandémica, se nos plantea el reto de “evangelizar en los medios digitales o en el continente digital”. Y evangelizar en estos medios nos sitúa en el tópico de la “Fe enREDada” que implica plantearnos una cuestionante de suma importancia: ¿Cómo podemos habitar con perspectiva cristiana este nuevo mundo? La respuesta tiene como fundamento comprender que el mundo digital, el Internet, no es ya una mera herramienta sino un contexto en el que la fe está llamada a expresarse; esto no es por un simple deseo de estar presente, sino porque el cristianismo conecta con la vida de los hombres.

 

  • … UN CAMINO PARA CONSTRUIR LA PAZ.
  1. La participación activa como camino para construir la paz

Parto este tercer punto planteando: ¿Desde el punto de evangélico qué es la paz? Inmediatamente respondemos: antes que un don de Dios al hombre y un proyecto humano conforme al designio divino, la paz es, ante todo, un atributo esencial de Dios: “Yahveh- Paz”:

“Gedeón construyó allí un altar al Señor y lo llamó Señor de la Paz” (Jue 6,24a).

La creación, que es un reflejo de la gloria divina, aspira a la paz. Dios crea todas las cosas y todo lo creado forma un conjunto armónico, bueno en todas sus partes (cfr. Gn 1,4.10.12.18. 21.25.31). La paz se funda en la relación primaria entre todo ser creado y Dios mismo, una relación marcada por la rectitud (cfr. Gn 17,1). Como consecuencia del acto voluntario con el cual el hombre altera el orden divino, el mundo conoce el derramamiento de sangre y la división: la violencia se manifiesta en las relaciones interpersonales (cfr. Gn 4,1-16) y en las sociales (cfr. Gn 11,1-9). La paz y la violencia no pueden habitar juntas, donde hay violencia no puede estar Dios (cfr. 1 Cro 22,8-9).

En la Revelación bíblica, la paz es mucho más que la simple ausencia de guerra: representa la plenitud de la vida (cfr. Mal 2,5); más que una construcción humana, es un sumo don divino ofrecido a todos los hombres, que comporta la obediencia al plan de Dios. La paz es el efecto de la bendición de Dios sobre su pueblo: “Yahveh te muestre su rostro y te conceda la paz” (Num 6,26). Esta paz genera fecundidad (cfr. Is 48,19), bienestar (cfr. Is 48,18), prosperidad (cfr. Is 54,13), ausencia de temor (cfr. Lv 26,6) y alegría profunda (cfr. Pr 12,20).

El Señor habló a Moisés:

“Di a Aarón y a sus hijos, esta es la fórmula con la que bendeciréis a los hijos de Israel:

´El Señor te bendiga y te proteja,

ilumine su rostro sobre ti

y te conceda su favor.

El Señor te muestre tu rostro

y te conceda la paz’.

Así invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré”. (Num 6, 22-27)

Esta formula de bendición que Moisés, en este texto de Números, dicta a Aarón debe ser considerada como lo que es, una fórmula litúrgica. Tres veces se repite el nombre de Dios, de Yahvé. Y se pide la bendición que guarde al pueblo, que ilumine con su rostro. Hay toda una teología bíblica del “rostro de Dios” que ha influido mucho en la espiritualidad y en la verdadera actitud cristiana del seguimiento. Buscar el rostro de Dios, el que Moisés no podía mirar, se convierte así en la fórmula teológica de un Dios salvador y misericordioso, protector de Israel y dador de la paz. La paz que era lo que el pueblo podía desear más que otra cosa, sigue siendo el don maravilloso para el mundo.

Este texto está orientado sobre la bendición que se pide a Dios. Esa bendición es la paz. En las lenguas semitas, con la raíz shlm —de donde deriva shalom-paz— se indica una dimensión elemental de la vida humana, sin la cual ésta pierde gran parte de su sentido, si no todo.

  • Con la palabra paz se indica: lo completo, íntegro, cabal, sano, terminado, acabado, colmado.
  • La paz designa todo aquello que hace posible una vida sana armónica y ayuda al pleno desarrollo humano.

De esto dicho proviene la palabra griega eirênê. Desde luego, desde el punto de vista bíblico, la paz, e incluso la pax como término latino, no es solamente el orden establecido. Es un don mesiánico, no es simplemente ausencia de guerra aunque implique necesariamente ausencia de guerra. Pero es, sobre todo, un estado de justicia y fraternidad.

En el Nuevo Testamento el término eirênê aparece acompañado también de otros sustantivos con los que se coordina y complementa. De la mano de eirênê van amor y alegría (Gal 5,22); gloria y honor (Rom 2,20); vida (Rom 8,6); honradez y paz (Rom 14,17); alegría (Rom 15,13); amor (2 Col 13,11; Ef 6,23); misericordia (Gal 6,16); favor/gracia y misericordia (1Tim 1,2; 2Tim 1,2; 2Pe 1,2; Jn 3); rectitud, fe y amor (2Tim 2,22). Eirênê se muestra de este modo como el ámbito propio para el desarrollo de una vida en plenitud, donde no puede admitirse ni la violencia político-social, ni la violencia económica del mundo (de la globalización inhumana). Efectivamente sigue siendo un “don mesiánico”, fundamentado sobre la justicia y la fraternidad. Es un don que viene de lo alto, con todo lo que esto significa.

Por eso, la paz es la meta de la convivencia social, como aparece de forma extraordinaria en la visión mesiánica de la paz: “Cuando todos los pueblos acudirán a la casa del Señor y Él les mostrará sus caminos, ellos podrán caminar por las sendas de la paz” (cfr. Is 2,2-5). El salmista, escuchando lo que Dios dice a su pueblo sobre la paz, oye estas palabras: “Amor y Verdad se han dado cita, Justicia y Paz se abrazan” (Sal 85,11).

La promesa de paz, que recorre todo el Antiguo Testamento, halla su cumplimiento en la Persona de Jesús. La paz es el bien mesiánico por excelencia, que engloba todos los demás bienes salvíficos. Jesús “es nuestra paz” (Ef 2,14), “Él ha derribado el muro de la enemistad entre los hombres, reconciliándoles con Dios” (cfr. Ef 2,14-16). De este modo, Pablo, con eficaz sencillez, indica la razón fundamental que impulsa a los cristianos hacia una vida y una misión de paz.

En términos de la Doctrina Social de la Iglesia la paz es el camino para la construcción del bien común en donde todos colaboren, con sus capacidades y virtudes siendo solidarios y subsidiarios.[14]

En suma, la política es una de las formas más elevadas del amor, de la caridad. ¿Por qué? Porque lleva al bien común (Papa Francisco); y si una persona que, pudiendo hacerlo, no se involucra en política (P) por el bien común, es egoísmo; o que use la política para el bien propio, es corrupción. Por eso nuestra participación activa y consciente es un camino para la paz.

CONCLUSIÓN

a)   La memoria peligrosa de Jesús

Los cristianos podemos y debemos participar en la política a todos los niveles, con P mayúscula y con p minúscula. Su acción se inspira en el sueño de Jesús, que implica un impulso de transformación de las relaciones sociales y ecológicas, presentado con valentía en la encíclica Fratelli tutti. Sin embargo, no debemos olvidar nunca que somos herederos de la memoria peligrosa y libertaria de Jesús.

Debido a su compromiso con el proyecto del Reino del amor, de justicia, de intimidad filial con el Padre y, específicamente, debido a su compasión con los humillados y ofendidos, fue llevado a la muerte en la cruz. Resucitó para, en nombre del Dios de la vida, animar la insurrección contra una política social y partidista que penaliza a los más pobres, elimina a los profetas y persigue a los predicadores de una mayor justicia, y para fortalecer a todos los que quieren una sociedad nueva con una relación de hermandad y cuidado hacia la naturaleza, con todos los seres, amados como seres humanos, y con el Dios de ternura y de bondad.

  1. La participación según la DSI[15]

 Consecuencia característica de la subsidiaridad es la participación que se expresa, esencialmente, en una serie de actividades mediante las cuales el ciudadano, como individuo o asociado a otros, directamente o por medio de los propios representantes, contribuye a la vida cultural, económica, política y social de la comunidad civil a la que pertenece.

 Por eso, la participación es un deber que todos han de cumplir conscientemente, en modo responsable y con vistas al bien común. La participación no puede ser delimitada o restringida a algún contenido particular de la vida social, dada su importancia para el crecimiento, sobre todo humano, en ámbitos como el mundo del trabajo y de las actividades económicas en sus dinámicas internas, la información y la cultura y, muy especialmente, la vida social y política hasta los niveles más altos, como son aquellos de los que depende la colaboración de todos los pueblos en la edificación de una comunidad internacional solidaria.

 La participación en la vida comunitaria no es solamente una de las mayores aspiraciones del ciudadano, llamado a ejercitar libre y responsablemente el propio papel cívico con y para los demás, sino también uno de los pilares de todos los ordenamientos democráticos, además de una de las mejores garantías de permanencia de la democracia.[16]

Notas:

[1] El presente texto es una síntesis a modo de apuntes, de diversos artículos y textos que se han estructurado, de tal modo que permita la comprensión de la temática propuesta. No es un ensayo o artículo donde hay un aporte inédito, para ello sería necesario otro espacio. Esta síntesis tiene, por ende, la estructura para un diálogo que propicie el conocimiento básico de un tema concreto que al mismo tiempo genere en interés en profundizar en el tema por iniciativa personal. Por tanto, se citarán los diversos textos usados para estos apuntes para que tú, estimado lector, tengas a bien consultar a los especialistas y los textos citados, al mismo tiempo que reconocer y respetar los derechos de los diversos autores.

[2] Este apartado introductorio tiene como base algunas reflexiones de Leonardo Boff, las cuales fueron consensadas en un artículo titulado “La dimensión política de la fe” escrito el 29 de octubre de 2020. Puede verse en https://www.mexicosocial.org/dimension-politica-de-la-fe/

[3] Cfr. HESCHEL Abraham, “Dios en busca del hombre”, Seminario Rabínico Latinoamericano.

[4] MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA DE LA DOMUS SANCTAE MARTHAE, “Dios ama a cada uno como un padre y como una madre”, jueves, 22 de marzo de 2018. https://www.vatican.va/content/francesco/es/cotidie/2018/documents/papa-francesco-cotidie_20180322_dios-ama-como-padre-madre.html. El gran Joseph Ratzinger, en el libro-entrevista con Peter Seewald titulado “Dios y el mundo: creer y vivir en nuestra época” (Círculo de Lectores, 2002), explicaba que en el término hebreo rahamim, “que originalmente significa ‘seno materno’, pero que después se convierte en el término que explica la compasión de Dios con el hombre, por la misericordia de Dios”, se revela el misterio del amor materno de Dios.

[5] Plegaria eucarística I

[6] Plegaria eucarística II

[7] Esta lista no quiere ser completa. En orden de aparición: oración sobre las ofrendas del 3º domingo de Pascua, oración sobre las ofrendas del 5º  domingo  de  Pascua,  oración  colecta  del  primer  domingo  de adviento,  oración sobre las ofrendas del 14º domingo del año, oración después de la comunión del 19º domingo  del  año,  oración  después  de  la  comunión  del  2º  domingo  de  Cuaresma, oración sobre las ofrendas de la misa de la aurora de navidad, oración después de la  comunión  de  la epifanía,  oración  sobre  las  ofrendas  del  23º  domingo  del  año, oración sobre las ofrendas del 6º domingo de Pascua.

[8] Cfr. Nicolás de Cusa, “De Docta Ignorantia” I,18,52: participat de rectitudine, non quod partem capiat (la línea curva participa de la rectitud no en cuanto tome una parte de ella).

[9] Cfr. Metafísica 5,23 y Categorías 15.

[10] Koinoneo tiene 8 empleos, koinonía 18, koinonikós 1 y koinonós 10, la mayoría en las cartas de san Pablo. Metejo tiene 8 empleos (1 Cor 9,10.12; 10, 17.21.30; Heb 2,14; 5,3; 7,13), metojé 1 empleo (2 Co 6,14) y metojós 6 (lc 5,7; Hb 1,9; 3,1.14; 6,4; 12,8). Además, está simmetojós en Ef 3,6; 5,7.

[11] Cfr. VALVERDE Camilo, “El lavatorio de los pies. Jn 13, 1-20” en http://www.autorescatolicos.org/misc03/camilovalverdeellavatorio.htm

Véase también “El amor llevado hasta el extremo a la luz del texto de Juan 13, 1-15, como experiencia en la lucha de la defensa y la igualdad de las clases más vulnerables de la sociedad” de Abdel Y. Acosta C, Tesis para obtener el grado en Ciencias Religiosas, Pontificia Universidad Javeriana.

[12] Cfr. BOFF Leonardo, “La fe, como una bicicleta, tiene dos ruedas: la de la religión y la de la política”, en La fuerza de los pequeños. https://www.religiondigital.org/leonardo_boff-_la_fuerza_de_los_pequenos/Leonardo-Boff-bicicleta-religion-politica-fe-injusticias-compromiso_7_2279542025.html

[13] José Francisco Sánchez Hieras “El sentido y la urgencia de la caridad política”, en https://www.vidanuevadigital.com/2016/05/27/el-sentido-y-la-urgencia-de-la-caridad-politica-dimension-politica-y-social-de-la-fe/

[14] La solidaridad es la obligación recíproca de los miembros de grupos u organizaciones para apoyarse unos a otros y ayudarse mutuamente, surge de los intereses comunes y se basa en un sentimiento de pertenencia. La subsidiariedad se refiere a la relación entre individuo, familia, organizaciones intermedias y la sociedad entera o el Estado, con el fin de delimitar las áreas de competencia y las ayudas.

[15] Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, “La Participación”, No. 189-191 https://www.vatican.va/roman_curia/pontifical_councils/justpeace/documents/rc_pc_justpeace_doc_20060526_compendio-dott-soc_sp.html#Significado%20y%20valor

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