Carta de Iturbide a su joven primogénito

El 27 de septiembre de hace doscientos años entró el Ejército Trigarante a la Ciudad de México encabezado por Agustín de Iturbide vestido de civil. En el balcón central del palacio virreinal lo esperaba Juan O’Donojú, el último Capitán General de la Nueva España. Al día siguiente, se firmó el Acta de Independencia del Imperio Mexicano. Desde entonces México nació como estado independiente libre y soberano.

No puede objetarse ya que para conseguir esta independencia anhelada desde 1810 se habían recorrido caminos difíciles, largos y sangrientos. Sin embargo, el tramo final se caracterizó por el acuerdo, la sensatez, la rapidez y por un mínimo derramamiento de sangre. La Unión se había impuesto sobre la discordia.

El artífice de este “modo de ser libres” fue Iturbide, quien, no obstante, contó para ello con el apoyo indispensable del mulato Vicente Guerrero, del indígena Pedro Asencio -antiguos insurgentes-, de los criollos y de muchos españoles, tanto militares, civiles y eclesiásticos.

La figura histórica de Iturbide pronto se vio envuelta en controversias y su memoria se fue desvaneciendo del imaginario popular, cuando no fue francamente descalificada por motivos políticos. Al margen de aquélla, hay dos características en su personalidad que no se le pueden objetar, y son su sincera religiosidad y su profundo sentido de familia y de paternidad. Tuvo, en efecto, diez hijos, cinco mujeres y cinco hombres, uno de ellos -Agustín Cosme- póstumo. En 1824, a punto de embarcarse para regresar a México enviaría desde Londres a su primogénito -Agustín Jerónimo, entonces de 16 años, residente en Yorkshire, y a quien nunca volvería a ver- una sentida carta, modelo de amor paternal, de pedagogía humanista y de moral cristiana. En ella ya anticipa su trágica e injusta muerte. Por ser muy poco conocida se transcriben a continuación algunos de sus párrafos como justo homenaje a quien la concibió:

Vamos a separarnos, hijo mío Agustín; pero no es fácil calcular el tiempo de nuestra ausencia: ¡tal vez no volveremos a vernos! Esta consideración traspasa el corazón mío y casi aparece mayor mi pesar a la fuerza que debo oponerle; ciertamente, me faltaría el poder para obrar, o el dolor me consumiría, si no acudiese a los auxilios divinos, únicos capaces de animarme en circunstancias tan exquisitas y tan críticas. A tiempo que mi espíritu es más débil, conozco que la Providencia divina se complace en probarme con fuerza […]

Mis consejos aquí serán, más que otra cosa, una indicación que recuerde, lo que tantas veces, y con la mayor eficacia, te he dado. Te hallas en la edad más peligrosa, porque es la de las pasiones más vivas, la de la irreflexión y de la mayor presunción; en ella se cree que todo se puede, ármate con la constante lectura de buenos libros y con la mayor desconfianza de tus propias fuerzas y de tu juicio. No pierdas jamás de vista cuál es el fin del hombre estando firme en él, recordándolo frecuentemente tu marcha será recta; nada te importe la crítica de los impíos y libertinos: compadécete de ellos, y desprecia sus máximas por lisonjeras y brillantes que se te presenten. Ocupa todo el tiempo en obras de moral cristiana y en tus estudios: así vivirás más contento y más sano, y te encontrarás en pocos años capaz de servir a la sociedad a que pertenezcas, a tu familia y a ti mismo. La virtud y el saber son bienes de valor inestimable que nadie puede quitar al hombre; los demás valen poco, y se pierden con mayor facilidad que se adquieren [… ]

Es preciso que vivas muy sobre tu genio: eres demasiado seco y aun adusto, estudia para hacerte afable, dulce, oficioso; procura servir a cuantos puedas; respeta a tus maestros y gentes de la casa en que vas a vivir, y con los de tu edad sé también comedido sin familiarizarte. Procura tener por amigos a hombres virtuosos e instruidos, porque en su compañía siempre ganarás. Ten una deferencia ciega, y observa muy eficazmente las reglas y plan que se te prescriban. Sin dificultad, te persuadirás que varones sabios y ejercitados en el modo de dirigir y enseñar a los jóvenes, sabrán mejor que tú lo que te conviene […]

¿Qué te diré de tu madre y hermanos? Innumerables ocasiones te he repetido la obligación que tienes de atenderlos, y sostenerlos en defecto mío. Dios nada hace por acaso; y si quiso que nacieses en tiempo oportuno para instruirte y ponerte en disposición de serles útil, tú no debes desentenderte de tal obligación, y debes, por el contrario, ganar tiempo con la multiplicación de tareas, a fin de ponerte en aptitud de desempeñar con lucimiento los deberes de un buen hijo y de un buen hermano. Si al cerrar los ojos para siempre estoy persuadido de que tu madre y tus hermanos encontrarán en ti un buen apoyo, tendré el mayor consuelo de que es susceptible mi espíritu y mi corazón […]

Concluiré ésta, repitiéndote para que jamás lo olvides: que el temor santo de Dios, buena instrucción y maneras corteses son las cualidades que harán tu verdadera felicidad y tu fortuna; para lograrlas: buenos libros y compañías, mucha aplicación y sumo cuidado. Adiós, hijo mío muy amado: el Todopoderoso te conceda los bienes que te deseo; y a mí el inexplicable contento de verte adornado de todas las luces y requisitos necesarios para ser un buen hijo, un buen hermano, un buen patriota, y para desempeñar dignamente los cargos a que la Providencia divina te destine.

Agustín de Iturbide. 27 de abril de 1824.

 

                                                                                  Jaime del Arenal Fenochio
(Centro de Estudios Interdisciplinarios)

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