Tempus fugit

Tempus fugit

Muy queridas amigas y amigos de la UPM

Tempus fugit” (el tiempo huye) reza una conocida alocución latina y la llegada del mes de diciembre nos lo confirma. Sin duda, el paso fugaz del tiempo deja en nosotros la marca de la edad y suscita en muchos la nostalgia.

Al contar ahora el décimo segundo mes, concluimos el año 21 del tercer milenio, y el próximo día 21 cerraremos nuestro ciclo académico. Detrás de esta fecha queda, en la memoria, no sólo un cúmulo de nuevos conocimientos, sino también de felices experiencias de encuentro, así como de retadores momentos que forman parte importante de nuestro proceso de aprendizaje.

“Aprender” no es algo instantáneo, ni algo que se consiga velozmente como el efecto automático de un click en la computadora. “Aprender” es un proceso que requiere tiempo. Por eso, cuando se pone esfuerzo en aprender, el tiempo no se fuga como un ladrón, robándonos lo mejor de cada uno de sus muchos instantes y momentos.

Más bien, el tiempo se va y deja en nosotros la huella indeleble del cambio que nos hace más plenos y nos convierte en alguien mejor de lo que fuimos antes porque “el tiempo es superior al espacio”. En palabras del Papa Francisco, ello significa que hemos de saber «trabajar a largo plazo, sin obsesionarnos por resultados inmediato; soportando con paciencia situaciones difíciles y adversas, o tolerando los cambios de planes que impone el dinamismo de la realidad.» (cf. EG. 223). Aprender también significa saber frustrarse, asumir el límite, experimentar la impotencia sin violentarse.

Con diciembre cerramos un año, y después, empezaremos otro con la esperanza de una nueva oportunidad para aprender a ser y convertirnos cada vez más a Aquel que se hizo como nosotros, para que nosotros nos hiciéramos como Él. En esa esperanza consiste la novedad de otro año, del año venidero y así, contaremos ya los cuarenta años de la reapertura de nuestra Universidad.

Pero no contaremos sólo números; tendremos la ocasión propicia para contar también una historia de gracia y bendición como la que cuenta la Biblia, a propósito de esa paradigmática cifra de los cuarenta días y los cuarenta años en los que Dios pasó, como pasa el tiempo cuando Él lo ensancha con su eternidad, transformando la vida de su pueblo, de sus patriarcas y profetas.

No es para nada irrelevante que, en el último mes del año, justo cuando un ciclo de tiempo se cierra, celebremos en la fe que el eterno Dios se hizo mortal y nació, en el tiempo, de una Mujer, para darle al tiempo su plenitud (cf. Gal 4,4). El tiempo no se fuga, ni vuela, cuando a semejanza de esa Mujer que alumbró entre nosotros al autor de la historia, “aprendemos” a conservar todas estas cosas en el corazón (cf. Lc. 2,19).

Con este año que terminamos, empezaremos la suma de cuarenta, y tendremos la oportunidad para agradecer a Dios y a las generaciones de bienhechores, trabajadores, directivos, profesores y estudiantes no sólo por habernos heredado lo que ahora somos, sino por ser también la inspiración de lo que pacientemente, con el paso del tiempo, queremos llegar a ser, sabedores de que “Roma no fue hecha en un día.”

Pbro. Dr. Alberto Anguiano García
Rector

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