DICHOSOS LOS QUE CREEN, A PESAR DE LO QUE VEN

DICHOSOS LOS QUE CREEN, A PESAR DE LO QUE VEN

Hace unos días en una nota del periódico El sol de México, del pasado 17 de abril del año en curso, se publicaba que “Millennials pierden la fe en el catolicismo”. Dicha nota decía: “La generación millennial –personas que nacieron entre 1981 y 1996– pierden cada vez más la fe católica ya que en 10 años se duplicó el número de jóvenes que ya no creen en esta religión al pasar de un millón 545 mil 400 en 2010 a tres millones 61 mil 407 en 2020 de acuerdo con datos de los últimos dos censos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi)”. Y manifestaba, la misma nota que las causas de esta pérdida de fe son, entre otras: “el crecimiento de partidarios del ateísmo y agnosticismo, van desde los constantes casos de pederastia de los padres de las iglesias alrededor del mundo; la doble moral de los mayores que predican con el mal ejemplo a lo que dictan las doctrinas; la incursión de nuevas prácticas religiosas; la deconstrucción y el pensamiento crítico de los jóvenes entorno a la fe”.

 Algunos especialistas, como Elio Masferrer Kan, sostienen que “la reducción de fieles creyentes se debe a que se han dado nuevas maneras en que se relacionan las personas con lo sagrado. Entre ellas, un 25% de jóvenes afirman no creer en nada.” Otro sector poblacional cree en Dios o en algún ser superior, pero no profesa alguna fe o pertenece a alguna comunidad eclesial, sino que se relaciona con la divinidad o lo trascendente desde su propia definición y visión de lo sagrado. Es aquí donde aparecen los diversos conceptos de “espiritualidades” de hoy, así como las ofertas de grupos esotéricos y de la “nueva era”.

¿Qué podemos decir como creyentes, que hemos celebrado hace unos días la Resurrección del Señor y hemos tenido la gracia de ser formados en la fe católica, ante esta situación que expresa este diario de circulación nacional? Mucho se podría decir, por ahora haremos referencia a sólo dos aspectos:

  • El primero: un “cambio de época”, que se ha acelerado por la crisis pandémica que aún vivimos, y con él también se ha modificado el rostro que presenta el catolicismo en México. Las grandes y numerosas transformaciones que han acontecido a nivel mundial y que han repercutido en México han ocasionado que el “¡México, siempre fiel!” de Juan Pablo II ya no se pronuncie con tanta seguridad como en aquel 26 de enero de 1979. El cristianismo católico de México ha encontrado tan variadas maneras de manifestarse, que ha dejado de entenderse como un todo monolítico y uniforme; pareciera también más conveniente, para una mejor comprensión de la complejidad del fenómeno, hablar de una pluralidad de cristianismos católicos en México o, por lo menos, de distintos tipos del mismo cristianismo católico.
  • Un segundo aspecto: La fe es el movimiento de la voluntad para creer en Dios y las verdades sobrenaturales que de él emanan. La religión no es la fe; la religión es del medio por el cual los creyentes (los que tienen fe) aprendemos a amar a Dios, a relacionarnos con él, amar su creación y a entablar un diálogo en primer lugar personal, después por los diferentes ritos y enseñanzas del magisterio y la tradición. Pero si esto no se inculca a las personas desde la infancia a través de la iglesia doméstica, es decir la familia, el niño crecerá sin esa inclinación hacia las verdaderas divinas. No son los sacerdotes, ni los religiosos, ni los catequistas, los que enseñan al niño pequeño a amar a Dios, ni a buscarlo a través de los hechos cotidianos. Es la familia nuclear y la familia extendida la que tienen la obligación primera de enseñar a amar a Dios, a honrarle, a buscarle.

Bajo estos hechos de nuestra actual realidad un considerable porcentaje de “Millennials” expresan que no tienen adhesión a ninguna identidad religiosa debido a la pluralidad de opciones. ¿Qué decir o hacer, como cristianos católicos, para que recobren esa “fe perdida”? Afirmar que es el “testimonio” surgido del encuentro con Jesús el mejor y único camino para que “conozcan” que somos sus discípulos y reanimar así su fe en Él, sería la respuesta de la mayoría de nosotros, tal vez de todos.

Decir que, por la misma Iglesia o la jerarquía, los jóvenes están perdiendo la fe, es ocioso, pues significa hacer a un lado la responsabilidad que como miembros de la comunidad eclesial tenemos. Los padres, los abuelos, los tíos, los hermanos y demás familiares estamos llamados y comprometidos, por nuestro bautismo, a enseñar amar a Dios, compartiendo la propia experiencia de Dios y mantener la fe viva en nuestros infantes, para que cuando lleguen a ser jóvenes, esa misma fe sea tan robusta que por sí mismos sean capaces de mantenerla viva, pese a los ataques que a su fe pudieran surgir, fuera a través de los escándalos de los miembros de la Iglesia, laicos y jerarquía, fuera por los embates del laicismo y secularismo, y demás ideologías que pugnan por acabar con la fe. Es fácil culpar a otros por nuestra falta de compromiso, de ejemplo y de amor/caridad con el prójimo. El joven o adulto que se aleja de la fe en Dios y dejan la religión denota una falta de formación en la fe católica desde que se es muy pequeño.

Concluimos retomando lo que ha afirmado Antonio Pagola: “Dichosos los que crean a pesar de lo que ven”. Basta pensar en las desgracias que ocurren a menudo en nuestro mundo, en los fallos del cristianismo, incluyendo a la Iglesia. ¿estos motivos son suficientes para abandonar la Iglesia o incluso la fe? A quienes son creyentes frágiles y de fe pequeña: cristianos de barro, comunidades de barro…  conviene nuevamente escuchar a Jesús que nos dice: ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que no vieron, y sin embargo creyeron (Jn 20,29). Abramos nuestros corazones y mentes al Espíritu del Resucitado, pues solo su Espíritu nos convierte en Iglesia viva. Las zonas donde su Espíritu no es acogido quedan “muertas”.  Es necesario actualizar la presencia viva de Jesús entre nosotros. Muchos no pueden captar en nosotros la paz, la alegría y la vida renovada por Cristo. No hemos de bautizar solo con agua, sino infundir el Espíritu de Jesús. No solo hemos de hablar de amor, sino amar a las personas como él… incluyendo a la “generación millennial” que ha ido perdiendo la fe en el catolicismo.

 

Rubén Vázquez M.
Director de Formación Continua

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