A CINCUENTA AÑOS DEL CONCILIO: LA IGLESIA EN EL MUNDO ACTUAL. LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA

A CINCUENTA AÑOS DEL CONCILIO: LA IGLESIA EN EL MUNDO ACTUAL. LA DIGNIDAD DE LA PERSONA HUMANA

Pbro. Dr. Manuel Olimón Nolasco

  Difícilmente la conciencia mundial podría haber llegado a un punto tan elevado como en el siglo XX en materia de dignidad humana. Y esto, tristemente, a causa de las violaciones enormes tanto en intensidad como en extensión, de esa misma dignidad. Escenarios de desolación, odio y tristeza acompañaron el paso de las décadas: La primera guerra mundial, en la que no se respetó a la población civil y las armas mortíferas dejaron huellas no sólo en los cuerpos sino en el alma de los pueblos en forma de resentimiento y humillación. La guerra civil española donde Rusia, Alemania e Italia ensayaron sus armas y sus tácticas y la política extremista las suyas y la Segunda Guerra Mundial, en la que se entreveró el holocausto del pueblo judío y concluyó con la bomba atómica arrojada sobre poblaciones japonesas. Daños a la humanidad jamás alcanzados antes.

  Por todo ello, la posguerra se vio acompañada del deseo entrañable no sólo de definir en forma de declaración pública, sino de motivar el respeto y la promoción de la dignidad humana. Podemos incluso decir, que la humanidad necesitaba una definición de sí misma, de su papel en el mundo y del significado de sus dolores, interrogantes y tareas. ¿Cuál es el lugar del hombre en la tierra? ¿Cuáles son las huellas que sólo el hombre puede dejar?

  Los Padres conciliares, conscientes de esas realidades, tenían que dedicar esfuerzos y sobre todo auscultar la palabra divina y los signos de los tiempos para penetrar en ellas. Sus resultados, que a la distancia todavía nos admiran y nos dan material para pensar y actuar, quedaron escritos sobre todo en la constitución “Gaudium et Spes” y son una invitación reflexiva de gran envergadura. No cabía duda que el mensaje que la Iglesia podía y debía enviar al mundo contemporáneo tenía que ser de ánimo a la humanidad y que tenía que iniciar con la respuesta más profunda que pudiera darse a la pregunta clave de este mundo, asediado por tantas opiniones y contradicciones: ¿Qué es el hombre?

  “Gaudium et spes”, después de tomar en cuenta la situación histórica de la humanidad y la perplejidad antinatural debida al peso de las ideologías y los acontecimientos ingratos; después de describir la “división íntima del hombre”, manifestada en que “la vida humana, individual y colectiva, se presenta como lucha, y por cierto dramática, entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas”, (n. 13), afirmó con rotunda certeza: “No se equivoca el hombre al afirmar su superioridad sobre el universo material y al considerarse no ya como partícula de la naturaleza o como elemento anónimo de la ciudad humana. Por su interioridad es, en efecto, superior al universo entero. A estas profundidades retorna cuando entra dentro de su corazón, donde Dios le aguarda, escrutador de los corazones y donde él, personalmente, decide su destino.” (n. 14).

  Subrayé a propósito la palabra interioridad, pues desde la primera vez que leí este documento conciliar, me pareció de un tino extraordinario: expresa en lenguaje moderno que el ser humano no es una máquina o un ente simplemente biológico, sino que es quien es por su alma, ese impulso que, desde el interior, le da sentido a sus pasos  y trascendencia a su presencia, que comparada con las fuerzas enormes del universo parece de mínima importancia. La vida interior que se extiende sin ocupar lugar a dimensiones infinitas es el tesoro más preciado y, a la vez, el que ha de ser cuidado con mayor delicadeza, pues es delicado y frágil ante la manipulación acechante.

  Es en el ámbito de la vida interior donde se da el diálogo con el Creador, donde la conciencia, intelectual y moral, le da a conocer esa dignidad única que es realidad amorosa. La pregunta del salmo 8, antigua y actual, “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?,” tiene como respuesta la admiración ante una grandeza que es don, tarea y responsabilidad y que, por ello mismo, sólo se comprende desde la humildad. El hombre es mucho más que un conjunto de células abigarradas, es más que un destino fatal, que una existencia frenética para “gozar la vida” mientras llega la muerte: es el tejido de un destino que se entrelaza entre el plan de Dios y la libertad.

  Sófocles, el autor trágico griego, había dicho no sin resignación y cierta impotencia: “Muchos misterios hay, pero el más grande es el hombre.” El Concilio, consciente del drama humano y de sus misterios afirmó en frase ascendente: “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir…Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación.” (n. 22).

  Bien vale la pena detener el paso y meditar estas palabras conciliares, palabras vivas y actuantes.

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