A CINCUENTA AÑOS DEL CONCILIO: LA IGLESIA EN EL MUNDO ACTUAL. DE LA CULTURA GLOBAL, ESCOGER LO BUENO

A CINCUENTA AÑOS DEL CONCILIO: LA IGLESIA EN EL MUNDO ACTUAL. DE LA CULTURA GLOBAL, ESCOGER LO BUENO

Pbro. Dr. Manuel Olimón Nolasco

Recuerdo bien cuando, después de por lo menos dos rechazos de los documentos preparatorios para la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano que se tendría lugar en Santo Domingo en octubre de 1992, Monseñor Damasceno Assis, entonces secretario general del CELAM nos convocó a catorce profesores para redactar en común el que fue Documento de Trabajo para la citada Conferencia. Uno de los retos principales de esta tarea fue precisar la noción de cultura, pues a pesar de que se contaba ya con la luz brillante de la exhortación apostólica del Papa Paulo VI Evangelii Nuntiandi, “carta magna de la evangelización”, las discusiones académicas eran abundantes y en no pocos casos inútiles.

El Concilio abordó el punto de la importancia de la cultura e hizo a un lado la noción popular de que cultura era algo así como el campo exclusivo de los cultos, (aquellos que, por ejemplo, van a la ópera o aprecian el arte de Matisse). Cultura es más bien el instrumental del que dispone el ser humano: “Con la palabra ‘cultura’ se indica todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales; procura someter el mismo orbe terrestre con su conocimiento y trabajo; hace más humana la vida social, tanto en la familia como en toda la sociedad civil, mediante el progreso de las costumbres e instituciones; finalmente, a través del tiempo expresa, comunica y conserva en sus obras grandes experiencias espirituales y aspiraciones para que sirvan de provecho a muchos, e incluso a todo el género humano.” (Gaudium et spes, n. 53).

El enfoque conciliar presentó una mirada aguda a los signos de los tiempos caracterizándolos como “una nueva época de la historia humana.” En estas circunstancias, se está resituando el papel del ser humano y va cambiando, en muchos casos radicalmente, el estilo de vida tanto de las viejas civilizaciones como de las nuevas naciones. Ya en 1965 se veía la tendencia a la mundalización homogeneizante, la globalización Y sus contrastes: “Los hábitos de vida y las costumbres tienden a uniformarse más y más; la industrialización, la urbanización y los demás agentes que promueven la vida comunitaria crean nuevas formas de cultura (cultura de masas) de las que nacen nuevos modos de sentir, actuar y descansar; al mismo tiempo, el creciente  intercambio entre las diversas naciones y grupos sociales descubre a todos y a cada uno con creciente amplitud los tesoros de las diferentes formas de cultura, y así poco a poco se va gestando una forma más universal de cultura, que tanto más promueve y expresa la unidad del género humano cuanto mejor sabe respetar las particularidades de las distintas culturas.” (N. 54)

Cincuenta años después, los cambios ahí esbozados son realidades palpables y están más a la vista sus negatividades, sobre todo en la línea del sutil desmantelamiento de la libertad a base del impacto de elementos publicitarios que corren sobre carriles de manipulación.

Los valores, las líneas de pensamiento, los modelos de vida y los criterios de juicio con los que el ser humano actúa y transforma la tierra que ha recibido como don, forman el instrumental de cultura que tiene a la mano. San Pablo lo sabía y aconsejó sabiamente: “Prueben todo y escojan lo bueno.” Pero para escoger lo bueno—lo sabemos–no basta el gusto o la impresión estética. Hace falta utilizar el discernimiento, palabra que en su origen lleva la alusión al trigo o a la harina que se cierne y se separan de ellos las piedritas y las basuras. Discernir es prepararse a la mejor decisión, a la que podemos calificar de más humana.

Para comprender mejor todo esto nos ayudan las palabras que Su Santidad Francisco dejó caer como gotas de agua cristalina en la entrevista que dio al Padre Spadaro, director de la revista “Civiltà Cattolica”: “Es no tener límite para lo grande pero concentrarse en lo pequeño…Es hacer las cosas pequeñas de cada día con el corazón grande y abierto a Dios y a los otros. Es dar su valor a las cosas pequeñas en el marco de los grandes horizontes, los del Reino de Dios…Es posible tener proyectos grandes y llevarlos a cabo actuando sobre cosas mínimas.”

El mundo actual y sus ruidos nos han llevado a pensar solamente en cosas grandes, en grandes metas y logros. A infinidad de habitantes de esta tierra esa tendencia los ha conducido a frustraciones y amarguras. De entre tantos incentivos que nos presenta la cultura, habrá que tomar la decisión por lo que de veras vale dentro del horizonte abierto del Reino de Dios. Ya el Concilio veía hacia esta situación que exige trabajo pero que remunera con la felicidad y la paz, las más grandes necesidades de nuestro mundo.

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