A CINCUENTA AÑOS DEL CONCILIO: LA IGLESIA EN EL MUNDO ACTUAL. LOS GOZOS Y LAS ESPERANZAS

A CINCUENTA AÑOS DEL CONCILIO: LA IGLESIA EN EL MUNDO ACTUAL. LOS GOZOS Y LAS ESPERANZAS

Pbro. Dr. Manuel Olimón Nolasco

  De tal manera la cultura dominante en el mundo sobre todo a partir de la época llamada “la ilustración” especializó el derrotero de las ciencias y las ocupaciones de los seres humanos, que a las organizaciones religiosas les asignó sólo un pequeño espacio en la vida social: los templos y la vida interior, el ámbito de la conciencia individual. A esta transformación contribuyeron las corrientes protestantes que, surgidas del libre examen del texto bíblico, de la ética personal, de que “Jesús es mi salvador personal” y de la convicción de que la comunidad es tal solamente mientras se congrega en asamblea (de ahí que se denominen congregaciones), dio pie al descuido de la atención desde la religión y desde el Evangelio a muchas situaciones humanas que no pertenecen al culto. Como lo hizo ver ya en el siglo XIX el agudo estudio de Max Weber “El capitalismo y la ética protestante”, el liberalismo, al aislar lo social y lo económico de la profesión del cristianismo, propició el avance capitalista. El buen protestante podría llegar a ser “un puritano en medio de Babilonia”, pero no alguien dotado de sensibilidad social.

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  El cristianismo católico no podía tomar estos caminos. Y si bien las primeras señales que recibió del liberalismo fueron en el área de la reordenación política y jurídica que retiró a la Iglesia de la jurisdicción sobre la condición civil de las personas y la posesión comunitaria de la tierra, pronto se vieron sus verdaderos efectos, dañinos para la condición humana y su bienestar integral. León XIII lo hizo ver magistralmente en su encíclica Rerum Novarum sobre la cuestión social llamando la atención acerca del deber de mejorar las condiciones de los proletarios, palabra que proviene de que el único bien que les había quedado eran sus hijos, es decir, su prole.

  Lo humano, pues, en todas sus dimensiones, es espacio del Evangelio y, por consiguiente es tarea de los cristianos.

  Ya en el Antiguo Testamento la figura del prójimo se descubre con evidencia. Moisés no sólo insistió al faraón en que dejara al pueblo darle culto a Dios en el desierto sino que le hizo saber la injusticia de la opresión y el clamor divino ante ella. Los profetas elevaron su voz al modo de trompetas que anunciaban el juicio a quien no atendiera a su hermano.

  El Evangelio propone como programa de vida las bienaventuranzas y no alaba a los que rezan mucho o dan grandes limosnas sino al samaritano que se compadeció del herido que encontró al paso.

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  La Iglesia, pues, está enviada a acercarse a todo lo humano y no hacerlo compromete su misma identidad. El ejemplo de los santos y sobre todo de los mártires la ha impulsado e impulsa.

  Así pues, el Concilio tenía que pensar y decidirse sobre temas humanos y lo hizo a través del “Esquema 13”, nombre que llevó de una a otra sesión la que sería “Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual,” cuyo adjetivo pastoral la situó de inmediato en un lugar diferente al dogma o a la simple exhortación. Llegar al texto definitivo fue transitar por un largo y sinuoso sendero; pero las discusiones, las opiniones diversas y enfrentadas desde sus raíces, los énfasis y los silencios lo hicieron el más valioso de los documentos conciliares, merecedor de una lectura atenta y sobre todo de refrescar de veras más que nuestra memoria nuestra voluntad.

  Uno de los observadores más agudos de los años conciliares, el Padre José Luis Martín Descalzo, escribió el día que se aprobó el proyecto casi definitivo del documento (23 de septiembre de 1965): “[…] ¿No habrá llegado la hora de situar entre un ‘celestismo sin hombre’ y un ‘humanismo sin Dios’ al único verdadero cristianismo, el de ‘Cristo Dios y hombre’? Esto es lo que intenta precisamente el Concilio: trata de mostrar los dos costados de la Iglesia: el que limita con Dios y el que roza con el hombre. Y quiere explicar a todo el que quiera oírlo, que la Iglesia de Cristo ni se aparta del mundo para pensar en Dios ni se olvida de Dios cuando habla y trabaja en el mundo. En este mundo de hoy, naturalmente.”

  En este ambiente se gestó la Constitución Gaudium et spes, profundamente afincada en la fe y a la vez en la historia del drama humano: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de los que sufren, son los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los discípulos de Cristo. No hay nada humano que no tenga eco en su corazón.”

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