A CINCUENTA AÑOS DEL CONCILIO: LA IGLESIA EN EL MUNDO ACTUAL. PRIMERO LA PERSONA HUMANA Y SU DIGNIDAD

A CINCUENTA AÑOS DEL CONCILIO: LA IGLESIA EN EL MUNDO ACTUAL. PRIMERO LA PERSONA HUMANA Y SU DIGNIDAD

Pbro. Dr. Manuel Olimón Nolasco

El documento “Gaudium et spes” utiliza como eje central los términos “cambios” y “transformaciones.” Conceptos dinámicos que, por ello mismo, requirieron entonces y requieren todavía, una mirada de discernimiento que pueda captar cómo esas transformaciones y esos cambios han de ser asumidos por los discípulos de Cristo. Este eje central afirma que la intención de la comunidad católica no es ante todo mirarse a sí misma, sino observar con los ojos de la fe y la fuerza renovadora de su tradición milenaria, a la tierra de los hombres. A la hora de detenerse el episcopado latinoamericano en Medellín en 1968 para buscar las líneas de fidelidad que pedía Jesucristo, el Señor de la historia, la convocatoria y los documentos emanados de la II Conferencia estuvieron impregnados de ese ángulo de observación: “ La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio.” Era la transformación de los pueblos latinoamericanos la que había de ser apreciada y comprendida para señalar senderos pastorales.

El ambiente mundial entre 1962 y 1965 veía ya como un hecho remoto la Segunda Guerra pero cargaba el peso de algunas de sus consecuencias: la descolonización que de pronto ponía a pueblos nuevos en el concierto de las naciones en Asia y en África principalmente; la “guerra fría” que mantenía las tensiones entre las potencias mundiales, Estados Unidos y la Unión Soviética y que, además del hecho de la guerra de Corea y del despertar de otros conflictos, tenía otras facetas: los efectos del comunismo impuesto sobre las comunidades cristianas en Europa Oriental (la “Iglesia del silencio”), la “conquista del espacio” que parecía ganada por la URSS con el “Sputnik” en órbita, la apertura de la Universidad Lumumba en Moscú para formar cuadros directivos para los países emergentes, el riesgo de la exportación del comunismo a Latinoamérica ya no desde el Viejo Continente sino desde la cercana Cuba.

En los debates conciliares todos esos temas afloraron. Sin embargo, la visión reflejada en el documento resultó de un análisis más profundo, predominantemente antropológico y no tanto social o político: “El entendimiento humano dilata su imperio…Los progresos de las ciencias biológicas, psicológicas y sociales permiten al hombre no sólo conocerse mejor, sino que incluso le ayudan para que influya directamente en la vida de las sociedades, por el uso de una metodología técnica…cunde cada día más en el género humano la idea de planificar sistemáticamente la propia expansión demográfica.” (N. 5) El Concilio observó la rápida transformación de sociedades tradicionales en otras incompletamente modernas a causa de la insuficiente asimilación del cambio y el rápido y dramático paso de sociedades rurales en urbanas que obliga a muchos a emigrar y a cambiar sus modos de vida sin asimilación suficiente: “De esta manera, las relaciones del hombre con sus semejantes se multiplican sin cesar…la misma socialización crea nuevas relaciones sin la contrapartida de una proporcional madurez de la persona y de un carácter verdaderamente personal en las relaciones.” (N. 6)

Los cambios, pues, más que ser situaciones externas, son retos a la interioridad humana y al tejido de las culturas: “Las instituciones, las leyes, los modos de pensar y sentir heredados del pasado ya no siempre parecen adaptarse bien al actual estado de cosas.” (N. 7) Y de esta situación, como es lógico pensarlo, no escapa el sentido y la práctica de la religión con los efectos ambiguos de la purificación y la crisis: “Por una parte, el espíritu crítico ya más agudizado, la purifica de la concepción mágica del mundo y de las pervivencias supersticiosas y exige más una adhesión verdaderamente personal y activa de la fe; de ahí el resultado de que sean numerosos los que alcanzan un sentido más vital de Dios. Pero, por otra, crece el fenómeno de masas que prácticamente se desentienden de la religión… [estos hechos] no son ya un fenómeno infrecuente o individual, hoy no es raro ver presentada esta actitud como exigencia del progreso científico y del nuevo humanismo: no sólo se expresa en niveles filosóficos, sino que inspira ampliamente la literatura, las artes, la interpretación de las ciencias humanas y de la historia, la legislación civil…” (Id.)

De esas líneas densas surge la llamada de atención más clara del Concilio: lo que hay que trasformar es el ser humano: que pase de célula en la masa a persona, de pieza de un mecanismo irracional a protagonista de un mundo que le pertenece y que no debe esclavizarlo: “No sólo puede y debe el género humano asegurar su dominio sobre las cosas, sino que le corresponde establecer un orden político, social y económico que esté más al servicio del hombre y le ayude a cultivar su propia dignidad.” (N.9) ¿Tarea sobrepasada cincuenta años después? No me parece.

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