A CINCUENTA AÑOS DEL CONCILIO: LA IGLESIA EN EL MUNDO ACTUAL. EL NECESARIO EQUILIBRIO ACCIÓN-CONTEMPLACIÓN

A CINCUENTA AÑOS DEL CONCILIO: LA IGLESIA EN EL MUNDO ACTUAL. EL NECESARIO EQUILIBRIO ACCIÓN-CONTEMPLACIÓN

Pbro. Dr. Manuel Olimón Nolasco

  Acierto magistral del Concilio –como lo habíamos ya afirmado—fue su manera de observar el mundo y a sus habitantes desde un punto de vista antropológico. Pero no al modo de los buscadores de restos de antropoides en los desiertos y las llanuras africanas ni por el lado de las condiciones primitivas del hombre como Lévi-Strauss y su “Pensamiento salvaje” o del “folklore” al estilo Pío Baroja o de nuestros “indigenistas” mexicanos. La Iglesia ha cultivado desde sus comienzos una antropología que tiene como fuente de luz el vuelco a la historia que significó la Encarnación del Hijo de Dios. Jesucristo no es sólo “el sacramento de nuestro encuentro con Dios” sino la imagen y modelo perfectos del ser humano. Por consiguiente, aunque la mirada a las condiciones de la vida en sociedad y sus realidades cambiantes no puede ser  ajena al cristiano, es la vida interior del hombre, su identidad espiritual, su conciencia y libertad, la brújula orientó al Concilio y ha de orientarnos.

  En la interioridad humana radican los anhelos más grandes y, al mismo tiempo, repercuten las contradicciones y desequilibrios más persistentes.

  “Gaudium et spes” hizo un análisis luminoso que sigue provocando emoción por su actualidad, pide reflexión: “[Hay] desequilibrio en la misma persona, entre la inteligencia práctica moderna y una forma de conocimiento teórico que no llega a dominar en síntesis satisfactoria. Brota también el desequilibrio entre el afán por la eficacia práctica y las exigencias de la conciencia moral, y no pocas veces entre las condiciones de la vida colectiva y las exigencias de un pensamiento personal y de la misma contemplación. Surge, finalmente, el desequilibrio entre la especialización profesional y la visión general de las cosas. Aparecen discrepancias en la familia, debidas o al peso de las condiciones demográficas, económicas y sociales, a los conflictos de las generaciones o a las nuevas relaciones sociales entre los sexos.” (Núm. 8).

  En una lúcida alocución a un grupo de obispos franceses, tal vez teniendo enfrente esas palabras conciliares, el Papa Paulo VI en 1977 resumió la tarea para transformar en retos esas dificultades como una tarea de “equilibrio entre la acción y la contemplación.”

  El reto entonces y hoy es precisamente ése.

  La síntesis entre “inteligencia práctica” y “conocimiento ‘teórico’” y las derivaciones que el Concilio encontró, se ha alejado con las decisiones prioritarias de Estados, empresas y forma parte cada vez más de la mentalidad contemporánea a favor de la formación tecnológica por encima de la humanística. Este fenómeno, además de dividir al ser humano lo pone ante la más o menos rápida obsolescencia de los saberes aprendidos con la correspondiente frustración personal y del desarrollo de la vida en sus más variados aspectos.

  Me alegré al  encontrar estos conceptos en  una revista publicada en uno de los países más de avanzada en la actualidad, el emirato de Qatar, que hablan ya de una reacción: “ –Usted ha escuchado con frecuencia creciente esta pregunta: ‘–¿Para qué tiene alguien que ir a la universidad a estudiar humanidades—filosofía, literatura, historia, lenguas, los ‘clásicos’—si la vida es tan competitiva y hace que la inversión en la educación haya de ser inversión en una ‘carrera’?’

  “La respuesta puede sorprender. Estudiar humanidades es una excelente inversión y algunos afirman que la mejor inversión…es la mejor inversión para la vida. Pues si una carrera exitosa y floreciente da los recursos y muchas de las satisfacciones de las que depende el resto de la vida, es muy cierto que las personas son más que su trabajo…

  “[Las humanidades] traen al mundo perspectivas frescas, una amplia variedad de experiencias, flujos de sabiduría y observación, retos y preguntas provocadoras de reflexión, nuevas opiniones y muchas maneras de ver que pueden influenciar saludablemente toda mente que las contempla. Y digo ‘saludablemente’ porque todas estas búsquedas amplían la sensibilidad de las mentes educadas y las hacen más perceptivas.”

  El desarrollo “de todo el hombre y de todos los hombres” es intención de la Iglesia en su acercamiento a la humanidad. Para llegar a él hace falta continuar dando pasos conscientes, firmes y sostenidos, lleno el corazón de esperanza. Hace falta plantear las preguntas fundamentales sobre la vida, preguntas humanas y humanistas: “¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la muerte, que a pesar de tantos progresos hechos subsisten todavía? ¿Qué valor tienen las victorias logradas a tan caro precio? ¿Qué puede dar el hombre a la sociedad? ¿Qué puede esperar de ella? ¿Qué hay después de esta vida temporal?” (Gaudium et spes, n. 10).

  Si desde el ámbito de la conciencia personal hasta los foros del mundo formulamos estas preguntas, algo avanzará la humanidad.

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