Evangelii Gaudium. VIII. El mayor reto a vencer, el miedo

Evangelii Gaudium. VIII. El mayor reto a vencer, el miedo

Pbro. Dr. Manuel Olimón Nolasco

La tardanza que acompañó la redacción de este artículo, el último de la serie pedida para el programa de 2014 siguiendo la exhortación Evangelii Gaudium en su ángulo de lectura de los retos del tiempo presente, me ha permitido tener en cuenta los mensajes que, en el ejercicio de una elevadísima responsabilidad y como líder de índole única entre los líderes del mundo dejó para la comunidad internacional y no solamente para Europa, en la más corta de las visitas de las  que ha realizado fuera de Roma, las tres horas en Estrasburgo delante del Parlamento Europeo y el Consejo de Europa, entidades surgidas de la segunda posguerra del siglo XX con el propósito de construir la unidad y no sólo de hablar de ella, de promover que en el continente apenas salido de las carencias y angustias humanas se vuelva a dar contenido al anhelo creciente de paz verdadera, de la que se realiza con la justicia y la dignidad de todos los hombres.

La congruencia de los mensajes en Estrasburgo y la línea central de la exhortación de noviembre de 2013, es completa en su análisis y en sus propuestas. También noté, al leerlos, la tenue pero muy sólida presencia de la orientación magisterial del Papa Benedicto XVI, conceptuosa y profunda, impregnada de filosofía humanista de corte clásico y a la vez perfectamente contemporáneo. No dudo que el Papa Francisco haya conversado con el Papa Ratzinger, a quien tiene cerca y de quien ha dicho que su cercanía es como “la de un abuelo sabio”.

Al dirigirse a los parlamentarios europeos y por medio de ellos a la población del continente y analizar las situaciones desde su profundidad ética, en realidad se dirigió al mundo entero, dado que uno de los elementos negativos de la globalización ha sido la expansión de problemáticas humanas comunes.

El Papa anotó que una de las realidades comprobables sin demasiado esfuerzo es la impresión de vejez y cansancio de Europa, continente que en tiempos pasados ha sido fuente de grandes ideas que han podido difundirse universalmente. Reflexionó acerca de cómo las mismas dificultades que presenta el panorama social pueden ser portadoras de esperanza, “convertirse en fuertes promotoras de unidad para vencer los miedos que Europa–junto a todo el mundo–está atravesando. Esperanza en el Señor, que transforma el mal en bien y la muerte en vida”.

Subrayé la palabra miedos, pues no cabe duda que ciertas actitudes que acompañan la falta creciente de solidaridad, las marginaciones y más en general, la cultura de la muerte, están fincadas en el miedo y son formas de violencia que a los ojos de muchos no aparecen como tales. El miedo es una pasión que aconseja hacer exactamente lo contrario de lo que sería necesario para hacer de la humanidad una comunidad fraterna. Es preciso no olvidar que en los encuentros de Jesucristo con distintas personas, sobre todo presas de inquietudes y sobresaltos, la palabra precisa fue: “–No tengas miedo.” El miedo unido a la ambición–lo expresó ya el historiador griego Tucídides– es el causante de las guerras, de los fratricidios y de la frenética búsqueda del dominio del más fuerte.

El Papa Francisco, congruentemente con su postura en Evangelii Gaudium, invitó, haciendo recuerdo de los “padres fundadores” de la Unión Europea–entre los principales sin duda los democristianos Konrad Adenauer y Alcide De Gasperi–cómo “en el centro de ese ambicioso proyecto político se encontraba la confianza en el hombre, no tanto como ciudadano o sujeto económico, sino en el hombre como persona dotada de una dignidad trascendente.”

La pérdida del concepto (o más bien habrá que decir de la experiencia) del ser humano como persona, es decir, con una interioridad fecunda y una salida de sí mismo más allá del tropiezo cotidiano con la realidad exterior, es la causante de tantos desenfoques vitales y de tantos choques entre humanos.

Una recuperación de ese concepto dinámico llevará a darle el lugar que le corresponde a la dignidad humana, o más bien al empeño por la dignificación pues–recordó Su Santidad–esta tarea, que toma su vía concreta en la promoción de los derechos humanos equilibrados con los deberes, será antídoto eficaz frente a los olvidos y a los miedos, “pues persisten demasiadas situaciones en las que los seres humanos son tratados como objetos, de los cuales se puede programar la concepción, la configuración y la utilidad y que después pueden ser desechados cuando ya no sirven, por ser débiles, enfermos o ancianos”.

Señaló el Papa Francisco, con toda razón, que esas situaciones son generadoras de un mal que se extiende a modo de epidemia por el mundo, la soledad, que, además de las condiciones inhumanas que provoca, impide el desarrollo de los humanos como “seres relacionales”. Ante los “falsos absolutos” (la técnica elevada a factor único, la utilidad el ser humano cerrado en sí mismo), “la dignidad trascendente del hombre significa apelar a su naturaleza, a su innata capacidad de distinguir el bien del mal, a esa ‘brújula’ inscrita en nuestros corazones y que Dios ha impreso en el universo creado; significa sobre todo mirar al hombre no como un absoluto, sino como un ser relacional”.

La alegría del Evangelio es a un tiempo meta y realidad. Requiere, sin embargo, la apertura a la trascendencia y a la esperanza, que son los verdaderos instrumentos de la felicidad, pues ésta no se vive de manera solitaria sino compartida.

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