Creo en el poder del amor de Dios

Creo en el poder del amor de Dios

Pbro. Dr. Manuel Olimón Nolasco

 

Durante el pontificado de Su Santidad Paulo VI (1963-1978) se consolidó una costumbre que ha perdurado con abundante cosecha para el pueblo cristiano: las catequesis que el Papa imparte en las audiencias generales de los miércoles que en su difusión impresa y electrónica pueden ser apreciadas y reflexionadas por quien se acerque a ellas.

Haré referencia en estas líneas a dos catequesis recientes de Benedicto XVI que tomaron como objeto el primer artículo del Credo: “Creo en Dios Padre todopoderoso.”

Inició el pontífice su reflexión del 30 de enero aludiendo a la dificultad con la que nos topamos a la hora de interiorizar o exponer esa frase: “No siempre es fácil hablar de la paternidad y se convierte en problema incluso imaginar a Dios como un padre sin tener modelos adecuados de referencia. Para quienes han tenido la experiencia de un padre demasiado autoritario o inflexible, indiferente, poco afectuoso o incluso ausente, no es fácil pensar con serenidad en Dios como Padre y entregarse a Él con confianza.”

La indiferencia, el autoritarismo y la ausencia que afectan tanto la relación humana y oscurecen la limpidez de la fuente y el origen de la vida y su desarrollo, no pertenecen a Dios Padre.  La paternidad divina es una bendición y apunta a que Él “nos ha escogido antes de la creación del mundo y nos ha hecho realmente sus hijos en Jesús.” Ese antes y ese realmente no pueden indicar sino un amor entrañable y singular.

De ahí que el amor divino “es para siempre…nunca falla ni se cansa de nosotros.” Aceptado desde la fe, “se convierte en roca segura en la construcción de nuestras vidas: podemos afrontar los momentos de dificultad y peligro, la oscuridad de la crisis y el tiempo del dolor, sostenidos por la confianza de que Dios no nos deja solos y siempre está cerca.”

El poder de Dios, por consiguiente, no es imposición ni irracionalidad, es respeto a nuestra libertad pero a la vez indicación de camino, pues hace falta “aprender a conocer que el pensamiento de Dios es diferente al nuestro, que sus caminos son diferentes de los nuestros…No se expresa ni en la violencia ni en la destrucción de todo poder adverso, como quisiéramos, sino en el amor, la misericordia, el perdón, la llamada incansable a la conversión del corazón…en una actitud aparentemente débil, hecha de paciencia, mansedumbre y amor. Esta es la potencia de Dios y esta potencia vencerá.”

Es el rostro de Dios que presentó Jesucristo: el del Padre suyo y nuestro. Cuando en la sinagoga de Nazaret anunció que se cumplía la Escritura pues “los ciegos veían, los sordos oían y a los pobres se les anunciaba el Evangelio”, muchos se molestaron porque el Señor no anunció “el tiempo de venganza” del que había hablado el profeta Isaías. La ley nueva sería la ley del amor. Y San Pablo dirigiéndose a los corintios enumeró dieciséis características del amor, todas ellas contrarias a la imposición y a la violencia: “no es egoísta, no piensa mal, es paciente, todo lo comprende…”

La paternidad de Dios está patente en la creación que nos rodea que brotó de Su Palabra: “En el relato del Génesis –explicó el Papa el 6 de febrero–se dice que el Señor crea con su palabra y se repite diez veces el término ‘dijo Dios’…la vida brota, el mundo existe, porque todo obedece a la Palabra de Dios.”

La religiosidad mexicana fuertemente orientada a la Madre favorece el matriarcado sustentante del machismo. Bien haremos en meditar estas consideraciones sobre la paternidad divina. Bien haremos en levantar la vista al cielo estrellado, a las sierras o a los campos sembrados de caña para agradecer el don de la creación. Bien haremos preguntándole a nuestro corazón sobre la huella de la figura paterna y su proyección en el paso de nuestro tiempo.

La crisis del mundo actual es en su núcleo una crisis de paternidad: de su comprensión y su ejercicio depende el futuro de la familia y la salud moral de la sociedad. Hace dos años, después de disturbios violentos en varias ciudades inglesas, el Primer Ministro David Cameron tocó el tema de los riesgos de la neutralidad moral: “…evitamos decir que el matrimonio y el compromiso son cosas buenas…somos cautelosos al hablar de los que nunca han trabajado ni han querido trabajar…No dudo que muchos vándalos no cuentan con un padre en casa…y buscan por las calles su figura paterna llenos de rabia y enojo…Si queremos tener esperanza de enmendar nuestra sociedad, la familia y la crianza de los hijos es por donde debemos empezar.”

Del poder del amor de Dios procede toda paternidad en la tierra. De su ejercicio entre nosotros depende su acción eficaz.

 

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