De Buenos Aires a Roma. Un camino de congruencia

De Buenos Aires a Roma. Un camino de congruencia

Pbro. Dr. Manuel Olimón Nolasco

Cuando en septiembre de 1974 llegamos al Colegio Pío Latinoamericano de Roma el Padre Carlos Aguiar y quien esto escribe, fuimos acogidos en una “pequeña comunidad” por algunos alumnos que pertenecían a la arquidiócesis de Buenos Aires y que se hicieron ―y son― excelentes amigos: Antonio Marino, José Luis Mollaghan y más tarde Víctor Pinto. Con su trato pudimos comprobar que prejuicios muy difundidos acerca de los argentinos y en especial sobre los bonaerenses (o “porteños”) que se expresan sobre todo mediante chistes de buen o mal gusto, no tienen fundamento cuando se llega al trato personal.

Lo anterior viene a cuento por lo que el mundo entero ha comprobado con los primeros días del Papa Francisco, nativo de Buenos Aires y su arzobispo por un buen período, días llenos de signos y palabras al corazón, donde la humildad auténtica y el mensaje de misericordia han acompañado el inicio de la primavera romana. No pocos indicios nos han llegado de esa primavera a la que dio aliento el Papa Juan XXIII hace poco más de cincuenta años.

De pronto se nos ha abierto una ancha puerta para conocer el itinerario de la formación, el pensamiento y el compromiso pastoral del cardenal Bergoglio a base sobre todo de algunos libros y otros textos que están ya al alcance en papel o en forma electrónica. Ojalá quienes en los censos hemos respondido “sí” a la pregunta “¿sabe leer y escribir?” queramos leer y conozcamos algo más de su trayectoria de la niñez a la plenitud del sacerdocio: niño y joven piadoso y abierto, estudiante ordinario y más tarde seguidor de la vocación de jesuita. Habiendo estudiado para técnico químico, fue asignado como profesor de literatura y quienes fueron sus alumnos recuerdan el impacto recibido cuando fue a su clase Jorge Luis Borges y se puso a revisar sus trabajos. Ordenado sacerdote siguió cerca de los jóvenes, hizo su retiro definitivo de un mes en los lugares de las fuentes ignacianas en Navarra y Cataluña y como superior provincial afrontó las dificultades y las ambigüedades propias de una dictadura militar que causó heridas profundas al pueblo argentino. Su sensibilidad al arte, la literatura y la música compensaron y compensan su rectitud intelectual y moral que podía haberlo llevado a la rigidez y la exigencia excesiva: el acercamiento a la poesía, a los relatos épicos de los gauchos de la Pampa, al cine del estilo de “La fiesta de Babette” y a los Cristos destelleantes de gloria aun en la cruz de la tradición oriental o de algún contemporáneo como Marc Chagall, están en el regazo de su vida. Su diálogo constante sobre todo con “nuestros hermanos mayores”, los judíos creyentes, le ha dado una especial apertura para recibir del “otro” una herencia valiosa.

Su testimonio y palabra en Argentina ya como obispo se dirigió sobre todo al examen de conciencia personal y colectivo para reconocer la realidad del pecado y la corrupción, dirigirnos a la reconciliación y obtener la paz que viene del perdón. A modo de ejemplo cito unas líneas de su mensaje del Miércoles de Ceniza de este año, tal vez el último que dirigió como arzobispo: “Poco a poco nos acostumbramos a oír y a ver, a través de los medios de comunicación, la crónica negra de la sociedad contemporánea presentada casi con un perverso regocijo… Convivimos con la violencia que mata, que destruye familias, aviva guerras…Convivimos con la envidia, el odio, la calumnia, la mundanidad en nuestro corazón… Ese no es el camino.”

Comenzó su ministerio papal con signos auténticos de humildad. Muchos han sido puestos en relieve: el tono de sus primeras palabras, la afabilidad de sus encuentros, el lavado de pies de reclusos jóvenes… Se ha hablado también de su sencillez en su forma de vestir. Pero no se ha dicho ―o no me he enterado— del gesto más significativo en esa línea: al no usar la muceta roja sobre el roquete y la sotana, está renunciando a la púrpura reservada a los emperadores romanos y puesta sobre los hombros del Papa a la hora de asumir claramente la soberanía temporal en el siglo XI. Ya Paulo VI había hecho a un lado la triple corona; ahora se completa el signo: queda la pureza espiritual del albo vestido talar.

El Padre Antonio Spadaro en su artículo “Los primeros actos del Papa Francisco. Una lectura teológica”,[1] indicó los caminos que están ya trazados para todos los cristianos por medio de verbos activos: “Trasmitir la fe de modo incluyente en un mundo complejo; entablar el diálogo efectivo y afectivo dentro y fuera de la Iglesia; presentar la misericordia como rasgo fundamental de Dios y la “custodia” como estilo evangélico para todos.”

No podríamos estar en desacuerdo.

 

[1] Civiltà Cattolica, 4 de abril de 2013. (En italiano)

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