Abatir las miserias de la pobreza

Pbro. Dr. Manuel Olimón Nolasco

  Los ritmos de la cuaresma cada vez más se parecen a los del resto del año. El descuido general en la alimentación, sobre todo entre los niños y jóvenes, el paso ruidoso de la marcha humana por los laberintos de las ciudades y el dominio del trabajo rutinario sobre los días y las noches, hacen que sea difícil recordar alimentarse de modo diferente los viernes o detener el movimiento cotidiano para reflexionar sobre la ruta de la vida.

  No obstante, la invitación que el miércoles de ceniza recibieron millones de mexicanos (día en que la población acude multitudinariamente a este pequeño acto litúrgico que se supera ampliamente en cantidad de asistentes a cualquier otra celebración): “arrepiéntete y cree en el Evangelio” o la antigua fórmula de la memoria  sobre la auténtica condición humana: “recuerda que eres polvo y en polvo te has de convertir”, me parece que, a pesar de su pequeñez, no pueden dejar insensibles a quienes al menos ese día se reconocen como cristianos redimidos por la cruz gloriosa de Jesucristo y llamados a impregnarse de su doctrina y seguir sus caminos.

  Año con año muchos obispos se dirigen a los miembros de su Iglesia particular con mensajes apropiados y, desde luego, el Papa envía uno a la Iglesia universal dándole sentido nuevo al antiguo mensaje penitencial. Benedicto XVI, por ejemplo, pidió más de una vez moderar el tiempo frente a la pantalla de televisión.

  Este 2014 Su Santidad Francisco ha dirigido sus palabras con el tema reflexivo de la pobreza en sus distintas dimensiones.

  Primeramente expuso la motivación más honda para no ser indiferentes frente a situaciones humanas reales: San Pablo, cuando escribió a los corintios sobre las necesidades de los fieles de Jerusalén dijo: “Conocen la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, quien siendo rico se hizo pobre por ustedes para enriquecerlos con su pobreza.” (2 Cor. 8,9)

  Dios, pues, “no se revela mediante el poder y la riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y la pobreza.” Ese es el estilo de Dios, la delicadeza de su actuación, su sencillez y cercanía, su distancia sobre el boato y la estridencia del mundo, siempre necesitado de ruido a causa del vacío de sus palabras y su miedo al silencio. En una palabra, su estilo es el amor, “que nos hace semejantes, crea igualdad, derriba los muros y las distancias.”

  Esa pobreza nos enriquece y nos permite afrontar la miseria, que no es sinónimo de pobreza.

  Señaló la miseria material, a la que generalmente llamamos pobreza: “la de los que viven en una condición indigna de la persona humana: privados de sus derechos fundamentales y de los bienes de primera necesidad.” La Iglesia enseña que los bienes de este mundo pertenecen a todos y no deben ser idolatrados. Por consiguiente, “es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir.”

  Enseguida apuntó a la preocupante miseria moral, “que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado.” Miseria que lleva a las dependencias “del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía” y conduce a una especie de “suicidio incipiente” cuando “se pierde el sentido de la vida, las perspectivas para el futuro y se pierde la esperanza.”

  La miseria moral se entrelaza a la miseria espiritual, “que nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor. Si consideramos que no necesitamos a Dios que en Cristo nos tiende la mano, porque pensamos que nos bastamos a nosotros mismos, nos encaminamos por un camino de fracaso.”

  Esas miserias no son males que deban acompañar a la humanidad en su historia ni derroteros obligados para su futuro. Han de ser combatidas desde la identidad cristiana, desde la conciencia del tesoro que hemos recibido para compartir: “Es hermoso…consolar los corazones afligidos y dar esperanza a hermanos sumidos en el vacío…”

  Convocó a “que este tiempo de cuaresma encuentre a toda la Iglesia dispuesta y solícita a la hora de testimoniar a cuantos viven en la miseria material, moral y espiritual el mensaje evangélico, que se resume en el anuncio del amor del Padre misericordioso, listo para abrazar en Cristo a cada persona…La cuaresma es un tiempo adecuado para despojarse; nos hará bien preguntarnos de qué podemos privarnos a fin de ayudar y enriquecer a otros con nuestra pobreza. No olvidemos que la verdadera pobreza duele: no sería válido un despojo sin esta dimensión penitencial. Desconfío de la limosna que no cuesta y no duele.”

  Ayuno, limosna y oración han sido las líneas fundamentales del programa cuaresmal. Un estilo de vida que propone compartir desde nuestra pobreza y el despojo del egoísmo, le da contenidos nuevos al mensaje de siempre. Ojalá este llamado caiga en tierra buena.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Diseño web por dosbytes.com.mx