Al regreso de Emaús

–La exhortación Amoris Laetitia

Pbro. Dr. Manuel Olimón Nolasco

  Resultado de intensas jornadas de reflexión no exentas de tensiones, pero sobre todo de una escucha atenta y orante de la palabra divina y de las voces múltiples de la humanidad que marcha sobre los tortuosos caminos del siglo XXI, fue la exhortación postsinodal Amoris laetitia del Papa Francisco hecha pública recientemente. La vida en familia, el matrimonio y esa palabra tan traída y llevada y tan poco vivida en su integridad: el amor, son sus temas.

  Se trata de una larga exposición (más de 260 páginas) que abarca distintos acercamientos sobre esa temática fundamental y urgente en nuestros días. Si bien la firma y la responsabilidad es del Papa Francisco, puede afirmarse sin exageración o demérito que se trata de un texto sinfónico, es decir, armonizado a base de voces complementarias al modo de las caras de un poliedro que van desde las antiguas y humanísimas del Antiguo Testamento hasta las que provienen de “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo”. La impresionante cantidad de citas intercaladas no son elementos de erudición y menos aún elementos de autoridad como si en el Papa hubiera inseguridad, sino testimonio de la solidez de una tradición que en su núcleo es garantía patente  de un don que se desenvuelve en el mundo a lo largo del tiempo: el del amor de Dios creador y redentor, la belleza primera y la misericordia que se derrama sobre la historia humana. Buena parte de la trama del documento la forman los lineamientos de dos sínodos episcopales que tocaron la problemática contemporánea de la familia y del desarrollo de sucesivas catequesis del Papa sobre algunos aspectos de ella. Estas características le dan a Amoris laetitia el peso específico de ser un documento de la Iglesia entera. Son dignas de notarse las palabras de diferentes conferencias episcopales y la inclusión no casual ni acomodaticia de reflexiones de teólogos no católicos como Dietrich Bonhoeffer, de filósofos y literatos como Gabriel Marcel o Jorge Luis Borges y de poetas como Octavio Paz y Mario Benedetti. Es la humanidad entera la que aquí habla y se escucha.

  Los dos años pasados tuvieron lugar en Roma reuniones episcopales llamadas sínodos (sínodo quiere decir: camino en común) que profundizaron en las cuestiones y aportaron al documento su columna vertebral. Durante este tiempo fue mucho el rejuego que se hizo en foros de opinión de las más diversas tendencias y no faltaron  intentos de influenciar el mensaje desde fuera. Algunos esperaban un documento cerrado y rígido, que sostuviera reglas generales aplicables a todos los casos en nombre de la tradición y de la originalidad del cristianismo católico. Otros pedían una postura permisiva y condescendiente con tendencias contemporáneas que muchas veces son más bien trampas atractivas cuando no veladas manipulaciones de la dignidad humana. Ambas tendencias deseaban cánones legislativos que no exigieran el difícil y a veces penoso discernimiento de las cambiantes circunstancias, pero las personas no somos números ni espacios robóticos, sino seres irrepetibles con conciencia cognoscitiva y moral, historias propias, emociones, sentimientos, deseos y limitaciones, jamás aislados sino en convivencia. El documento es de otra y mucho mejor índole: nos encontramos con diferentes “movimientos” al modo de una composición sinfónica, con trazos de distintas responsabilidades entre las que destacan las vocaciones un tanto ensombrecidas de ser padre, ser madre y ser hermanos y las de los pastores de la Iglesia, obispos y presbíteros, compañeros de camino al lado de las familias en el diálogo más que como “jefes” o “dictadores” de lo que” tienen que hacer” los fieles. Un certero comentario de Robert Mickens en Roman Observer del 12 de abril expresó: “[Francisco ha expuesto] una visión clara del discipulado cristiano basado más en la responsabilidad personal y el discernimiento orante que en el mero seguimiento de reglas de la Iglesia”.

  Las páginas de esta exhortación son comprometedoras y exigentes pero no por su rigidez sino por su calidad saludable y su convocatoria a la alegría de ser cristianos, por su carácter meditativo y luminoso.  Hay que notar que desde la portada queda claro que el Papa se dirige a los miembros de la Iglesia y que su intención no es entrar en discusión en un ámbito abierto sino iluminar a los cristianos. El mismo pontífice ha invitado a leer con calma, a recibir el fresco rocío de la palabra de Dios que le da fecundidad al suelo, a comentar su contenido en grupo, a ponerlo frente a los casos de incertidumbre, de dolor, de perplejidad, a consultarlo con sus párrocos o directores espirituales. De manera especial me han parecido dignas de consideración las palabras que toman en cuenta la “gradualidad” de la comprensión del ideal matrimonial en los casos particulares, las que se refieren a la cantidad de obstáculos que presenta un mundo apresurado y provisional para el arraigo de convicciones y compromisos, para “tomar la palabra” dentro de la familia; las que invitan a no juzgar y calificar que alguien “está en pecado” sin tomar en cuenta el estado de su conciencia, ese “santuario íntimo donde el hombre dialoga a solas con su Dios” y la invitación a profundizar en el “himno al amor” de San Pablo en su Primera Carta a los Corintios: “[…] es paciente y bondadoso, no tiene envidia ni orgullo ni arrogancia. No es grosero ni egoísta…encuentra su alegría en la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (13, 4-7). He pensado que si  el Papa Francisco solamente nos hubiera regalado esta meditación sobre las frases de San Pablo nos habría hecho un extraordinario regalo.

  A propósito no he intentado en estas líneas hacer un “resumen” de la exhortación apostólica. No soy partidario de los resúmenes sino de afrontar, tomando todo el tiempo que sea necesario, los textos en toda su extensión y profundidad, sin desdeñar las notas a pie de página que son como el esqueleto que sostiene los órganos y los músculos de un cuerpo. Invito a hacerlo con calma, por partes, en comunidad, formulando preguntas y esbozando respuestas, pero no como una tarea teórica sino vital. Para mí la lectura de Amoris laetitia ha sido una experiencia parecida a la de los discípulos que regresaban de Emaús: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lucas 24,32). Espero que así lo sea para todos.

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