Caminos sobre tiempos recios

Camilo Maccise, En el invierno eclesial. Luces y sombras de una experiencia. (Memorias de un carmelita profeta). Presentación: Bernardo Barranco. Prólogo: José María Arnáiz, Debate, México 2015, 470 pp., fotografías.

Pbro. Dr. Manuel Olimón Nolasco

   El presente no es un libro común de memorias. Es el testimonio vital de alguien que fue singular protagonista de una época en la Iglesia católica que, como atinadamente la calificó, tuvo rasgos de invierno, de estación gélida, contrastante con la deseada primavera eclesial que fue el rasgo definitorio del Concilio Vaticano II. También, para usar un término con el que Santa Teresa de Ávila utilizó para nombrar los años de su paso por la reforma de la Iglesia, es testimonio del trazo y seguimiento de caminos sobre “tiempos recios”. La santa reformadora dejó escrito: “Tiempos recios son éstos que nos tocaron vivir, donde hablar o callar es igualmente peligroso”.

  En el invierno eclesial no es tampoco un texto de fácil lectura ni una colección de anécdotas y menos aún de “chismes” que pudieran alimentar el morbo, tan despierto como inútil en la actualidad. Son páginas escritas por un teólogo profesional especialista en Sagrada Escritura, un apasionado de la autenticidad en la vida religiosa y convencido de que el Concilio no fue una asamblea más en la larga historia del cristianismo, sino un acontecimiento del Espíritu que señaló rumbos claros en los que, para que floreciera lo esencial–la Tradición con mayúscula–había que dejar a un lado las “tradiciones”, muchas de ellas no sólo inadaptadas para el mundo de cambios vertiginosos de la segunda parte del siglo XX, sino infieles a la voluntad de Cristo y la misión que le encomendó a la comunidad por Él fundada.

  El Padre Maccise fue, ya desde sus años infantiles, hombre de encrucijadas. Su procedencia familiar de la fecunda inmigración libanesa a tierras mexicanas lo hizo crecer en “dos mundos” y de ese modo aprendió con naturalidad a distinguir lo que había que preservar y fomentar de lo que podía o debía dejarse de lado. No fue hombre de fáciles nostalgias ni acrítico frente a lo que había que asumir.  Esos antecedentes fueron preparación excelente  y lo dotaron de una sensibilidad y un ánimo especiales para distinguir lo principal de lo secundario en su trayectoria personal, en  la experiencia carmelitana, en el espacio de las órdenes y congregaciones religiosas y en la vida de la Iglesia. La “fidelidad creativa” fue la línea orientadora que lo llevó, por una parte, a escrutar los escritos y los surcos roturados en el mundo por los grandes de la reforma del Carmelo: Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz y por otra, a leerlos a manera de “signos de los tiempos” para encontrar su aplicación a nuevos espacios geográficos (por ejemplo África y Asia) y a nuevas condiciones humanas debidas a la civilización contemporánea llena de búsquedas de libertad auténtica pero también de ambigüedades, contradicciones y neurosis. Tuvo claro el camino de renovación y por ello sufrió las resistencias y los retrocesos, sordos al llamado tanto de las fuentes originarias del carisma como a los elementos cambiantes de tiempos y lugares.

  El “invierno eclesial” está ubicado perfectamente en la historia contemporánea: de 1991 a 2003, duración de su servicio como prepósito general del Carmelo teresiano, declive de las fuerzas físicas y espirituales del Papa Juan Pablo II y ocupación de la curia romana por personajes inclinados más que al impulso de la trayectoria conciliar a dar marcha atrás con pretextos de indisciplina, excesos y aun de desviaciones doctrinales. Maccise describe en detalle e incluye  documentación escrita sus desencuentros con la Congregación de Religiosos de la Santa Sede (CIVCSVA.-Congregación de Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica), así como los prejuicios persistentes acerca de su condición como teólogo de la liberación sospechoso cultivados por nuncios, miembros del episcopado y sobre todo por el cardenal Alfonso López Trujillo y difundidos ampliamente en ambientes religiosos y de modo particular en los conventos de monjas carmelitas, la parte más delicada y frágil de la familia y el lugar de apegos a detalles de costumbres que debían ser reflexionados. Esta difusión hacía que a la hora del capítulo general de elecciones de los carmelitas en 1991 no se esperara que el nombramiento para presidir la orden recayera en él. Sin embargo, resultó electo por un amplio margen, reelecto para un segundo período y en medio de esos años también pudo ocupar la presidencia de la Unión de Superiores Generales (USG), organismo que reúne a las cabezas de las congregaciones religiosas masculinas del mundo entero y está en comunicación constante con la Unión Internacional de Superioras Generales (UISG), institución paralela para las congregaciones femeninas . Con notable felicidad dejó constancia que como primer general latinoamericano y mexicano de la orden venía a pagar la deuda que México tenía con San Juan de la Cruz, nombrado para fundar la viceprovincia novohispana, pero a quien la muerte le impidió cumplir con el nombramiento,

  La descripción pormenorizada de los criterios rectores y las tareas concretas del carmelita dan a conocer no sólo una capacidad de trabajo extraordinaria sino una línea de discernimiento espiritual nítida que le permitió distinguir lo que podía hacerse de lo que no y que, sin desearlo pero impulsado por la sinceridad, puso a la luz inercias y perezas que impedían el avance y que serían lastre para un futuro más fructífero. A pesar de que quien describe situaciones dolorosas y actitudes injustas puede caer en la tentación de autovictimizarse y externar sentimientos brotados de una subjetividad lastimada, Maccise se rige–así me pareció palparlo– por dos divisas tomadas de la memoria teresiana y frecuentemente citadas por propios y extraños: “Nada te turbe, nada te espante” y:  “La verdad padece pero no perece”. Más de una vez nos encontramos también en las líneas de este volumen el verbo “desdramatizar” aplicado al enfoque de las situaciones que se vivían y que en el fondo responde al hábito de “poner las cosas en manos de Dios”, a observarlas desde una mirada orante y contemplativa, obligación tranquila para los auténticos seguidores de la espiritualidad del Monte Carmelo.

  Respecto del Papa Juan Pablo II, mantuvo una postura realista y equilibrada. Aceptó con humildad sus decisiones, aun aquellas que humanamente parecían fruto de influencias poco evangélicas como el retiro del Carmelo de Auschwitz que mandaba al mundo el mensaje de que ese campo de exterminio no había sido sólo dirigido al pueblo judío, o la división de las carmelitas y el apoyo del Vaticano a las que se aferraban a tradiciones poco sólidas (las apodadas “maravillosas” por su apego a lo dicho por la Madre Maravillas de Jesús). Supo reconocer los límites en el acercamiento personal a él y los pocos frutos que de ello podrían obtenerse. En relación con los prefectos de la Congregación–Mayer y Martínez Somalo– y los Secretarios, fue muy claro tanto en sus conversaciones como en los escritos en referencia a algunos problemas en que ellos se inclinaban casi de modo automático a sus contradictores. En las páginas de En el invierno eclesial pueden seguirse los tópicos de esta difícil relación y lo perturbadoras que debieron ser sus palabras para quienes no tenían más razón que argüir que el autoritarismo, el apego a estructuras y la apelación a la “voluntad del Papa”. Cuando el padre Camilo respondía a los funcionarios curiales con palabras del propio magisterio pontificio, la única respuesta que recibía y podía recibir era el silencio.

  Con claridad y a un tiempo sin exageración o dramatismo expuso la influencia nefasta del padre Marcial Maciel en el ambiente romano y desde ahí  en la marcha eclesial en América Latina Aunque justamente distingue la condición de unos miembros y otros dentro de la congregación de los Legionarios de Cristo, la de muchos de estos religiosos como fomentadores de un mal ambiente hacia la renovación de la Iglesia se muestra patente. De modo particular menciona la “superioridad” con la que muchos de ellos se movían en los ambientes que frecuentaban. Caritativamente no se alegró de la caída de ese “gigante de papel” pero sí la consideró un respiro de aire fresco en la vida católica.

  También le dedicó buen número de líneas a hablar de los bloqueos que desde América Latina y en los ambientes romanos se dieron para reconocer como mártir a Monseñor Romero y a dejar en claro la doctrina auténticamente católica sobre los fundamentos del martirio que se aplicaban perfectamente al caso. Ya no pudo participar desde esta tierra en la feliz beatificación del mártir en mayo de 2015.

  Si bien las tensiones y su relato ocupan muchas páginas de este libro, muchas otras, de riquísimo contenido, estructuran una doctrina sólida sobre la renovación conciliar sobre todo en cuanto a la relación de la comunidad cristiana con el mundo contemporáneo y el papel de la vida religiosa dentro de ambos espacios. Las visitas que realizó a los cinco continentes y que lo pusieron en contacto tanto con comunidades de viejo arraigo en Europa como con comunidades en geografías muy diferentes como África Central o la India e incluso con carmelitas clandestinas en China continental, le dieron una experiencia única que podemos palpar en lo que dejó impreso en estas peculiares memorias. De esas observaciones y de las líneas doctrinales o “grandes temas de mis orientaciones”, no únicamente los miembros del Carmelo sino todos podemos obtener riquísimos frutos tanto de reflexión como de decisión para ser en la Iglesia y en el mundo portadores de fidelidad creativa.

  La vida del padre Maccise fue sin duda un regalo de la Providencia a México y al mundo. Una vida en encrucijadas de tiempo y espacio para la Iglesia católica siempre llamada a ser fiel a sus orígenes y a la vez y sin contradicción a la humanidad de cada época.  Su condición de profeta de nuestro tiempo no necesita largas justificaciones, aparece con claridad a primera vista. Él formó parte del don que el catolicismo libanés, de arraigo apostólico y piedad acendrada ha dado a esta tierra mexicana. Podemos mencionar también como pate de este don al padre Rafael Checa y a Bernardo Chehaibar. Su presencia y su herencia espirituales tienen profundidad y marcarán por mucho tiempo amplios sectores de la Iglesia y de la sociedad.

  Los rasgos característicos del valioso legado del padre Camilo están contenidos a lo largo de este  libro que hemos leído y reseñado, aunque su testimonio de cristiano, sacerdote y carmelita desborda la cárcel de sus páginas. La realización tipográfica de calidad–algo que escasea en muchos de los libros que se publican en la actualidad–la debemos al empeño de la orden y a la familia Maccise que además de haber formado y acompañado a uno de sus miembros más distinguidos y singulares, nos ha obsequiado este testimonio en forma de libro: “entre sus hojas está el fruto”.

Tepic, Nayarit, 30 de julio de 2015.

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